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miércoles, agosto 15, 2007

INTEGRANDO NACIONALISMOS

El desenlace del culebrón navarro ofrece, sin duda, múltiples aspectos de interés. Vaya por delante que, a mi juicio, la decisión tomada por el Partido Socialista en Ferraz es la correcta. No sólo es la más conveniente para las expectativas electorales del propio partido a nivel general sino que, sin duda, es la mejor para España en su conjunto, incluida Navarra, por supuesto.

Era, además, en la actual coyuntura, la única viable, pese a Puras, Chivite y compañía –y sin desconocer que no ha tenido que ser plato de gusto la exhibición de potencia disciplinaria desde Madrid, por otra parte tan poco acorde con la letra estatutaria de un partido que sigue diciéndose federal, no obstante las continuas muestras de dominio centralizado, más o menos férreo según épocas.

Pero es bastante evidente, me temo, que han pesado en la decisión elementos tácticos. Es decir, no es tanto que se haya descartado un pacto de gobierno con un nacionalismo de cuño tan particular como el de NaBai por cuestión de principios –es decir, por incompatibilidad profunda de programas políticos- como por inconveniencia puntual. No es “no” en todo caso, sino “no” aquí y ahora. Ni lo aconsejaba el momento político ni, por supuesto, lo facilitaba la aritmética parlamentaria, tras una victoria muy holgada de UPN y con los socialistas como tercera fuerza, nada menos.

Al caso, igual da, el resultado –probablemente, precario, y dependiente de los resultados de las Generales de 2008- es bienvenido y, por qué no decirlo también, abre a UPN un escenario de gestión que demandará cierta finura política. Más interesantes son, sin embargo, otros aspectos.

Son llamativos, desde luego, los ayes de NaBai sobre el desdén del PSN y su negativa a asumir riesgos, pese a que esa formación se había desmarcado de la violencia. Se dirá, claro, que es una pose normal en quien acaba de ser rechazado como pareja de baile –cómo no denunciar el error de quien nos desdeñó-, pero han sido llamativos ciertos comentarios procedentes de algunos sectores ajenos a la propia coalición anexionista, del PNV o del propio socialismo, sobre la pérdida de ocasión de “integrar” al “nacionalismo no violento” (ojo, no ya “moderado” –ese es el PNV, es CiU- sino al “no violento”).

Obviemos el evidente carácter pro domo sua del comentario en bocas socialistas –se conoce que el socialismo español no hace pactos contra natura o políticamente inexplicables, sino obras de misericordia, porque allí donde se busca un socio poco presentable, lo “integra” en el marco democrático-; si, verdaderamente, tomamos el argumento en serio, nos da una pista sobre el nivel de degradación que ha alcanzado el discurso político en España.

No deja de ser curioso que el “rechazo de la violencia”, es decir, la condición de minimis absolutamente inexcusable para tomar parte en el juego se convierta, por razones que se me escapan, en título de legitimación para que se ofrezca “un cauce de expresión” o “una solución” al conjunto de ideas representado. NaBai es una fuerza política democrática –no violenta, al menos-. Bien. Representa a un determinado porcentaje de los navarros. También bien. ¿Y?

Volvemos a lo de siempre. La sensación, vaya usted a saber por qué, de urgencia que el nacionalismo consigue crear en sus interlocutores políticos. Sensación de urgencia que es, claro, reflejo palmario del infantilismo que es característica notable en esta ideología. La idea de que “lo mío”, “debe” tener una consideración, “debe” ser tomado en cuenta. Así pues, basta que renuncie a los mecanismos más execrables para que, por ese sólo hecho, “lo mío” deba incorporarse a la agenda. Es verdad que, en el caso vasco, late un obvio chantaje. Hemos de darles “algo” porque, si no, se declararán “defraudados”, decepcionados por el sistema y, claro está, volverán a las andadas.

Es claro que, estirando el argumento, el nacionalismo convierte su “derecho a participar” en un “derecho a regir”, derecho a determinar, derecho a que su programa político sea el programa director, con independencia de la magnitud real del apoyo.

Esto es, sencillamente, pasmoso. Recuerda, salvadas las distancias, a estas generosas ofertas que el mundo árabe hace de cuando en cuando a Israel –y que hacen que los europeos den palmas con las orejas- ofreciendo, a cambio de todo tipo de cesiones sustanciales, el reconocimiento. O sea, que el resultado del diálogo es, para una de las partes... el reconocimiento de su derecho a existir o, de otro modo, su carácter de interlocutor, es decir, el punto de partida. Estupendo.

El nacionalismo plantea dilemas de parecido tenor. Se aviene a participar en la medida en que, de esa participación, no pueda derivarse otro resultado que su dominio de la escena. Mientras los demás, se supone, han de mostrar un agradecimiento infinito. Si esto no es una patología mental, que venga Dios y lo vea.

El problema, ya digo, no es que el nacionalismo sea una mentalidad absolutamente ajena a las ideologías políticas de matriz liberal, que lo es, sino que esta circunstancia, en España, venga generando una especie de ansiedad en los demás. Una ansiedad en pos de un imposible, que es que el nacionalismo se convierta en una fuerza política positiva y “común”, es decir, “como las demás”. Eso es algo así como que un olmo dé peras.

Si hemos llegado a este estado de cosas es, claro, por el proceso de subasta a la baja en que la democracia española ha ido degradando sus propios valores. Es verdad que el zapaterismo representa el paroxismo del desarme moral, pero el agravamiento de la enfermedad no quiere decir que traiga causa de estos cuatro años. Es el resultado de un proceso histórico tan viejo como la propia democracia. No es casual, la verdad, que cierta gente haya llegado a pensar que el simple abandono de las armas o del apoyo a quienes las usan es condición suficiente para lograr lo que los números, por sí mismos, no darían o, por lo menos, no vendrían dando hasta la fecha.

Los abogados de la “integración” deberían tener más cuidado con las expectativas que crean.

1 Comments:

  • [FHM]: El nacionalismo plantea dilemas de parecido tenor. Se aviene a participar en la medida en que, de esa participación, no pueda derivarse otro resultado que su dominio de la escena. Mientras los demás, se supone, han de mostrar un agradecimiento infinito. Si esto no es una patología mental, que venga Dios y lo vea.

    PAtología mental puede serlo el uso de amonal como recurso literario, la kale borroka, la exclusión del discrepante etcétera. Lo que ustede describe es sencillamente la mentalidad de un recolector de nueces.

    By Anonymous Anónimo, at 9:32 p. m.  

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