FERBLOG

sábado, abril 07, 2007

CÁMARAS DIGITALES

Hace unos días, leí un artículo de Umberto Eco que me resultó de lo más políticamente incorrecto –y por ello muy bienvenido-. Si no lo recuerdo mal, se trataba de lo siguiente: en cierto lugar del sur de Italia, y en las proximidades de unas pequeñas ciudades, se encuentran ruinas de templos griegos de alto valor histórico –recuérdese que, más o menos, el pie de la bota de la península itálica, las actuales Puglia y Calabria, aproximadamente, formaron parte la denominada Magna Grecia, es decir, fueron colonizadas por griegos, y de ahí la relativa abundancia de restos helenísticos-; como consecuencia de ello, la zona recibe un número relativamente alto de visitas. Visitas que, tras patear, ensuciar y fotografiar, suelen volverse a casa decepcionadas porque, como es obvio, lo que queda de los antaño templos completos son ruinas, y la magnificencia pretérita es preciso imaginarla a través de la intuición de las dimensiones y el recurso al arsenal de conocimientos de cada uno.

Pues bien, apunta Eco que una posible idea sería construir, en las proximidades de las ruinas, un templo igualito que el original, una especie de parque temático del arte griego de la época en el que los visitantes podrían, sin necesidad de imaginar nada, contemplar las cosas tal cual fueron. Con las actuales técnicas constructivas, sería cosa de poco trabajo. De este modo, quien quisiera, realmente, ver las ruinas, podría hacerlo en paz y quien deseara sacarse unas fotos con un templo griego de fondo, pues no tendría más que dirigirse al parque. Antes de echarse las manos a la cabeza, como también afirma Eco, convendrá recordar que algunos turistas americanos quedan algo insatisfechos ante la Roma de verdad, toda vez que su imagen de Roma y lo romano está prefigurada por... el Caesar’s Palace de Las Vegas.

Anticipándose a los críticos que le dirían que semejante proposición –por lo demás, extensible a otros contextos- supondría dividir nuevamente al mundo en clases (la de los “cultos” y la de los “trogloditas”) Eco admite la mayor: sí, sin duda. Lo que ocurre, afirma el filósofo, es que, a diferencia de antaño, hoy puede uno elegir a qué grupo quiere pertenecer. Y, la verdad, si damos por buena la hipótesis de que, al menos en el mundo occidental, “gozamos” de sistemas educativos universalizados –en cuya virtud, todo el mundo, al acabar la secundaria, debería saber distinguir el jónico, del dórico, del corintio, todo el mundo debería saber qué es la Magna Grecia y, sobre todo, todo el mundo podría decidir si y cuánto le interesa leer y saber sobre Grecia, los griegos, su lengua y su expansión por el Mediterráneo- hay que darle la razón.

El caso es que vengo de pasar unos días en Viena. Ni siquiera los estudiantes de la Logse deberían ignorar que Viena, capital de Austria –hoy un país relativamente pequeño- fue el centro neurálgico de un importantísimo poder europeo: el de los Habsburgo. Ese poder, a lo largo de seis siglos, fue variando en dimensión y en ámbito territorial, pero siempre fue de gran relevancia. Como consecuencia, su núcleo urbano fundamental devino una ciudad espléndida que, además de atesorar monumentos y tesoros culturales sin cuento, resulta bellísima por la calidad de sus construcciones, calles y plazas.

Así pues, Viena es uno de esos “lugares imprescindibles” del Continente europeo. Y lo mismo piensan, claro, las agencias de viajes. Junto con París, Londres, el circuito italiano y algunas cosas más, Viena está siempre en los paneles de las ofertas, a menudo formando “paquete” con Praga y Budapest (el famoso “Viena-Praga-Budapest”, triplete inescindible que da sentido a cosas cómo “¿Dónde vais este año?”, “a Vienapragabudapest”, así, sin conjuciones). Lo curioso del tema es que, salvados algunos detalles, esas ciudades obligan a un cierto tipo de turismo “cultural”. Quiero decir que los programas de los tours suelen incluir visitas a los edificios más representativos, a museos y demás.

Supongo que este ir a los sitios “porque hay que ir” está detrás de espectáculos bochornosos como el que, hoy, puede contemplarse en cualquier gran museo europeo: niños aburridos como ostras y padres intentando, por todos los medios, hacerse una foto con un Rembrandt (hablo en serio, no se trata ya -a la japonesa- de llevarse una instantánea robada a escondidas, no: se trata de hacerse uno fotos con las obras de arte -dignificando o ensalzando la obra, digamos de El Bosco, con nuestro airoso perfil-, lo que exige la desfachatez de posar, a veces debajo justo del signo de “prohibido fotografiar”). Esto último es curioso. En cualquier país del continente puedes ir poco menos que a la cárcel por circular a más velocidad de la permitida o ser multado si te cogen fumando donde no debes. Pero puedes lanzar cómodamente tu flash sobre una tabla medieval –varias veces, no vaya a ser que tu cuñado, el torpe, no saque la foto bien a la primera- o sobre un Klimt sin ganarte más que una suave reprimenda de un pobre encargado que no da abasto en la marea de tipos que con cámaras, teléfonos móviles y demás, intenta llevarse “un recuerdo” de tal o cual museo.

Los españoles, como buenos nuevos ricos, somos campeones en esto de la ordinariez, el mal gusto y la falta de respeto por el patrimonio cultural ajeno –que nos merece, más o menos, la misma consideración que el propio. Solemos, además, viajar en horda, supongo que por aquello de que nos lo den todo hecho, sin tener que pasar por las horcas caudinas de idiomas extraños. Total, para volver a casa y concluir –tras ver el vídeo- que aquello no vale nada y, sobre todo, se come fatal.

Cada vez que salgo de casa termino perdido en reflexiones como la de por qué demonios tiene que ir a un museo gente que, evidentemente, ningún interés tiene en ello. ¿Sólo porque “es lo suyo”? Pero, esta vez, no pude evitar, claro, acordarme del artículo de Eco del que hablaba al principio. ¿No sería posible crear algo así como una Disneylandia para grupos en cada país (Austrialandia, Francialandia, Españalandia...)? A poder ser nuevecita y en materiales que resistieran el flash de las cámaras. Las obras de arte se ahorrarían el maltrato y muchos turistas, ciertamente, el cansino vagar por interminables galerías de Tizianos, Velásquez, Rembrandts, Picassos y demás. Todo para sacar unas fotos que ya es posible descargar cómodamente de Internet.

Está muy bien, gracias a Dios, que haya cada día más gente en condiciones de viajar a París, Viena o Sebastopol y, si bien se mira, el que las calles de las capitales europeas estén abarrotadas de españoles es motivo de contento. Lo deseable sería, claro, que el progreso material se viera acompañado de un cierto progreso en la sensibilidad o, acabáramos, de la superación de constricciones artificiales y políticamente correctas. Al que no le guste la pintura, la escultura o lo que sea, que lo diga y que se quede en casa, se vaya al Caribe o, simplemente, espere fuera comiéndose un bocata –y custodiando las cámaras- mientras los miembros del grupo que sí puedan estar interesados pasan un rato agradable contemplando esas piezas que, muchas veces, ni estuvieron al alcance de sus abuelos ni al de sus padres.

Otra alternativa sería la confiscación de cámaras... Pero parece más fácil quitarle a un Sij su daga ritual que a un turista español su cacharro digital último modelo. Está claro que, sin el aparatito, el viaje pierde por completo su razón de ser.

4 Comments:

  • ¡Absolutamente sensacional!

    By Blogger Joan Pirata, at 8:59 p. m.  

  • Muy bueno.

    Cómo se nota que no eres arquitecto: "Con las actuales técnicas constructivas, sería cosa de poco trabajo."

    :-)

    By Anonymous Anónimo, at 9:09 p. m.  

  • El articulo esta bien, Fer, aunque pecais Eco y tú (al menos en buena compañía) de un cierto elitismo.

    Como alguien que no se considera particularmente culto, simpatizo con aquellos que entran a un museo con la actitud de sacar de él algún provecho, o que arrastran a sus hijos hasta las obras de los maestros para ver si se les pega algo. Al contrario que tú, suelo notar aprecio en aquellos lugares que realmente merecen la pena.

    De hecho, la foto prohibida viene a ser, en mi opinión, una muestra de aprecio. Cierto que es una barbaridad someter a un rembrandt, pinturas rupestres, o tablados medievales a la exposición repetida de los flashes de las cámaras. No por el daño que pueda causar el efecto de un sólo flash (o diez o cincuenta), sino por el efecto acumulado durante dias, meses y años.

    No obstante, tambien creo que la manía de algunos museos de proteger cosas que no corren ningún peligro por los flashes, (la restauradísima Casa de Cervantes en Alcalá de Henares, por ejemplo) y más aún la costumbre de vender 'indulgencias' para fotografiar en tales sitios, disfrazada de 'protección' al patrimonio cultural cuando es una manera de ordeñar sin escrúpulos al turista, socava el respeto a las obras expuestas en otros lugares, que de verdad corren peligro.

    By Anonymous JotaEle, at 11:36 a. m.  

  • El eterno dilema entre turista y viajero.
    Hay cada cual con lo que quiera ser y como quiera disfrutar.
    Es la libertad amigos.

    By Anonymous tonidelong, at 3:27 p. m.  

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