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domingo, febrero 04, 2007

¿CÓMO LE SONARÍA LA MARSELLESA A LUIS XVI?

El Foro de Ermua tuvo ayer una iniciativa verdaderamente original: concluir su acto –una manifestación de rechazo a la negociación con una banda criminal, un acto cívico, en suma- con los acordes del himno nacional. Confieso que me produjo pasmo. Es verdad que, allende las fronteras españolas, nada tendría de particular esta iniciativa. Fuera de España, el uso de los símbolos nacionales resulta frecuente en todo tipo de eventos, públicos y privados. Así, es común oír los acordes del himno nacional en acontecimientos como un partido de fútbol o que una bandera presida una junta de accionistas.

Pero en España no. Es un complejo que comienza tímidamente a superarse. Ya hay empresas españolas –sobre todo las que se postulan como multinacionales, “músculo financiero” del país- que hacen no solo que la bandera ondee en sus sedes, sino que presida sus actos. Y las asociaciones cívicas adscritas mecánicamente a “la derecha” hace ya algún tiempo que inundan las calles con banderas nacionales –también de las comunidades autónomas, pero estas jamás han estado proscritas en el imaginario colectivo durante la democracia-. Pero no recuerdo un solo acto no oficial en el que el himno nacional de España haya sonado como colofón. Y la cuestión no es baladí porque incluso un himno sin letra como el nuestro tiene una capacidad simbólica muy superior a una bandera, a un escudo... o a un texto constitucional.

Los “del otro lado” denunciarán esta actitud como apropiación de símbolos. Dirán que no es correcto que los símbolos de todos arropen posiciones de parte. Pero el argumento falla por la base: precisamente porque son de todos, también ellos pudieron –y pueden- usarlos cuando y cuanto deseen. En la manifestación anterior, sin ir más lejos, tuvieron ocasión. Pero no lo hicieron. Los pocos ecuatorianos que acudieron a la marcha si se acogieron a su enseña, la marea de españoles, no. Es verdad que no se es más ni menos español por eso, ni puede ponerse en tela de juicio el patriotismo de nadie por ello. Todos sabemos de excelentes patriotas a quienes los símbolos nacionales dejaban fríos y de verdaderos enemigos de España –dañinos para el país y su convivencia- con la rojigualda bordada en los calcetines.

Ahora bien, en el actual contexto, la cuestión no debe minusvalorarse.

A mi entender, el Foro de Ermua y las demás organizaciones que, en este momento, constituyen la más cerrada oposición al Gobierno (inciso: me parece un tanto ridículo que el Gobierno afee las conductas de quienes gritaban contra él, en la medida en que el núcleo de la protesta no era otro que ése, el de manifestarse contra una negociación que apadrina el Gobierno) no pretenden –no sólo- tocar fibras sensibles a través de la manipulación simbólica. Pretenden, además, poner de manifiesto el que, quizá, es el verdadero fondo del problema.

Los convocantes, con su actitud, encomiendan su causa ni más ni menos que al Estado, entendido en su sentido más noble. El Estado como personificación jurídica misma de la ley. Porque la ley, piensan, les da la razón. El derecho les ampara y, por eso, a él acuden. Lo verdaderamente grave del tema es que, precisamente por ello, la distinción entre el Estado y el Gobierno –que, de ordinario, es algo confinado al mundo de los aparatos teóricos- aparece nítida en la calle. Están contra el Gobierno, eso es obvio, pero no solo no creen que ello implique estar contra el Estado sino, muy al contrario, creen que el Estado es su esperanza en esa pugna.

El Gobierno de España es percibido por muchos españoles, hoy, como enemigo de la Nación española. Ha contribuido a ello, desde luego, la falta de claridad con la que el Ejecutivo se conduce en la cuestión del terrorismo –antes y después del atentado de la T4- pero también la insistencia del Gobierno en aparecer como valedor o, cuando menos, no como decidido adversario, de todos aquellos que dicen tener una cuita con España.

Rodríguez Zapatero puede ver, hoy, en la calle, lo paradójico de su situación. Quizá empezó todo aquel día en que no se le ocurrió mejor idea que decir que “nación” era un concepto “discutido y discutible”. Reflexión teórica muy ajustada, pero muy impropia de la persona que rige los destinos de una particular y concreta nación y del que debería esperarse que, cuando menos, conociera los contornos del teórico objeto de sus desvelos.

Por activa y por pasiva, Rodríguez ha pretendido y pretende presentarse a sí mismo como el líder llamado a “enderezar” esta nación que, por razones de lógica, debe percibir como “torcida”. Pues bien, al comportarse de este modo debería saber que es difícil llegar a tener la simpatía de los “enderezados”. Lo diga o no, como buena parte de la izquierda tradicional española –y buena parte de la que ya no lo piensa así tampoco se atreve a decir lo contrario- Rodríguez cree que España es un inmenso error histórico, que el mismo concepto de España es cavernario, de derechas, atávico. Rodríguez es de los que, a la vista del mapa, no ven más que un inmenso toro de Osborne bajo cuyos atributos se aposta una pareja de la Guardia Civil.

Rodríguez prefiere situarse en el universo mental de los Federico Lupi y demás patulea totalitaria y profundamente antiespañola. Pues bien, lo grave del asunto es que hay una marea de gente que, sin identificarse para nada con esa imagen antigua, tampoco está en la onda de los titiriteros. Lo que Rodríguez no sabe, o no quiere saber –y es algo inasequible para los desechos del 68 que aún viven de nuestro presupuesto- es que esa “España nueva” ya existe. Existe y se siente profundamente ofendida con quienes la niegan. Se siente ofendida por partida doble: ofendida por quienes parecen entender que ser y sentirse español es algo malo per se y ofendida por quienes creen que ese mero hecho implica ya una toma de postura política.

Rodríguez debería saber que no se puede gobernar un país frente a sus clases medias –entendidas no tanto en sentido económico como en sentido sociológico, como clases medulares-. González, el todopoderoso, el que carecía de oposición digna de tal nombre, comenzó a declinar el día en que las clases medias urbanas empezaron a desertar. La nación española existe, y no está formada por elementos siniestros, sino por ciudadanos corrientes. Son los ciudadanos que pagan los impuestos de los que comen Federico Lupi y compañía. Los que pagan el sueldo de Rosa Regás. Esos ciudadanos pueden ser derechas o de izquierdas. Pero son, ante todo, ciudadanos conformes con las reglas del Estado de derecho, y perfectamente en paz con su condición de españoles.

En suma, Rodríguez debería preocuparse cuando, en una manifestación que ni en el colmo de los delirios se puede entender como plagada de ultraderechistas peligrosos, suenan los acordes del himno nacional y existe la convicción de que el Gobierno no tiene nada que ver con ello. Que es ajeno, para muchos ciudadanos, a la realidad del país. Hoy, muchos ciudadanos españoles no solo carecen de un Gobierno con el que identificarse, sino que creen que tienen que defenderse del Gobierno. Es cierto que, en pura aritmética, Rodríguez no tiene que inquietarse mientras los otros sigan siendo uno más pero, ¿es sensato? Quizá su única fuente de verdadera tranquilidad es la escasa capacidad de la oposición para construir un discurso a partir de ese descontento.

En fin, si yo fuera ZP, creo que esos acordes me hubieran recordado a los de La Marsellesa... en los regios (y bobos) oídos de Luis XVI.

1 Comments:

  • mariano fernandez bermejo ministro de justicia

    By Anonymous Anónimo, at 10:55 a. m.  

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