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sábado, julio 08, 2006

EUROPA: CULTURA E IDENTIDAD

Creo recordar haber leído en prensa esta semana que la Comisión Europea estaría pensando en publicar algunos de sus boletines en latín. Se trataría, obviamente, de una cuestión simbólica que, no obstante, debería ser muy bienvenida. Al fin y al cabo, hablamos de un auténtico patrimonio común de todos los países europeos, sin excepción. Hasta la llegada de la pedagogía de la ignorancia absoluta –triunfante en casi todo el Continente, y excelsamente representada en países como España- el latín era asignatura obligatoria para todos los bachilleres de Europa, incluidos, por supuesto, los de aquellos países cuya propia lengua no es un romance (es más, en esos países, y sobre todo en Alemania, el cultivo de la lengua de Roma ha tenido siempre una tradición que hace enrojecer de envidia y vergüenza a quienes, supuestamente, la tenemos como lengua protomaterna).

Hace muy bien la Comisión en orientarse por esos fueros. Precisamente ahora, que todo el europeísmo está en pleno debate y que el proyecto europeo pasa por una de sus peores crisis, ahora que Europa es un personaje en busca de autor, es buen momento para buscar dónde puede residir el cimiento de nuestra unidad. Y ese cimiento está en la cultura superior, en ningún otro sitio.

Europa no es una nación, eso parece claro. No es una nación en sentido étnico, porque no existe entre los europeos un común sentimiento de pertenencia, ni compartimos una cantidad suficiente de los elementos que, por tradición, se dice que sustentan a la nación: lengua, costumbres, razas... Tampoco es, exactamente, una nación cívica, porque no se ha alcanzado entre los europeos un pacto constituyente, no se ha verificado ese “plebiscito cotidiano” del que hablaba Renan, esa voluntad de vivir y construir algo juntos. No, al menos, de una manera inequívoca. Todavía, la relación de los europeos con Europa se halla claramente mediatizada por los aparatos estatales y las naciones a las que estos sirven de vehículo. Y tampoco tiene por qué haber prisa en que deje de ser así. Es más, puede decirse que la prisa, en esta materia, es mala consejera. Lo mucho o poco que se ha avanzado hasta ahora –algunos creen que es poco y por eso no paran mientes en ponerlo en riesgo, otros creemos que es mucho y que un elemental sentido práctico (y un europeísmo verdadero, por qué no decirlo) aconsejan ponerlo a resguardo- ha sido tras un camino tortuoso, pero que, precisamente por la prudencia y el “perfil bajo” ha venido consolidando hitos.

Los Giscard de turno son la mejor receta para el desastre, sin duda.

¿No existe, pues, una identidad europea? ¿No existen, entonces, los europeos, más allá del predicado inseparable –por razones geográficas- de su condición de ciudadanos de los diferentes países de Europa? Yo no diría tanto. Creo que sí existe una identidad europea, un alma europea. Pero –y esto es, si bien se mira, lo más estimulante de todo- esa identidad nada tiene que ver con la “identidad nacional” tan al uso.

La “búsqueda de la identidad” tal como suelen proponerla los nacionalistas, es un viaje hacia la irracionalidad. Un bucear en lo inconsciente, en los sentimientos. Un ir hacia atrás en la historia. Es algo profundamente anacrónico y que, en última instancia, nos aísla de nuestros semejantes.

Si existe una identidad europea hay que buscarla en sentido exactamente contrario. Por elevación, dirigiendo la mirada hacia las más altas creaciones del alma humana. Esa identidad, si está en algún sitio, es en la gran cultura europea, el precipitado de todas las cosas que han ocurrido en este continente durante dos mil años.

No compartimos lengua, ni folclore ni recetas culinarias –lo que, para algunos, es la “verdadera identidad”: un pueblo, una lengua, una raza, una forma de asar salmonetes-, nos diferenciamos vivamente en “lo cercano”. Sin embargo, los europeos se van haciendo más semejantes a medida que ascendemos por la escala. Al igual que las lenguas muestran su semejanza en su forma más culta –será difícil que un español hablando en la jerga de los barrios de Sevilla y un francés en el semidialecto de las banlieue parisinas lleguen a entenderse; pero un español y un francés educados y con conocimiento de las normas cultas de sus respectivas lenguas pueden adentrarse con cierta soltura en los periódicos del día del otro país-, las tradiciones culturales se tornan, en su forma más elevada, una única.

La europeidad permanece oculta durante las fiestas patronales y no aparece al pie del campanario, pero brilla en las universidades, en los museos y en las bibliotecas. Velázquez pudo pintar como pintó porque estuvo en Italia, y a su vez Manet pintó como lo hizo porque visitó el Prado. Newton y Leibniz pudieron disputarse la paternidad del cálculo porque uno y otro conocían sus respectivos trabajos. El barón de Montesquieu vive en las constituciones no ya de Francia, sino de todo el Continente. La música culta presenta, a lo largo de la historia, movimientos de carácter pancontinental. Y así un largo etcétera.

La Comisión Europea tiene en la cultura la gran veta para explotar. Pero obviamente, tendrá que ser la Cultura con mayúsculas, no la cultura de los culturetas, la cultura capitidisminuida de los progres y las sanguijuelas de presupuesto. Los programas culturales de la Unión deben enfocarse hacia el patrimonio verdaderamente compartido, no hacia los endemismos regionales y a los fenómenos locales. El folclore está muy bien, y alguien deberá cuidarse de él pero, ¿debe interesar a las instancias promotoras del europeísmo?

Soy consciente de que mi propuesta va claramente en contra de las de los abogados de la “protección de la diversidad”, para los que la cultura europea no es más que la suma de las culturas singulares, no ya nacionales, sino locales, que forman, sí, un caleidoscopio de riqueza. Según ellos, si las Autoridades europeas potencian el tronco común, esa diversidad podría perderse. Me malicio, además, que quienes así piensan no tienen ninguna gana de que se subraye aquello que, además de unirnos, nos asemeja a la “Europa transterrada”, que está en América. Desde la potenciación del patrimonio compartido, es mucho más difícil sostener esa idea de la “Europa alternativa”.

Tengo contra estas opiniones dos objeciones fundamentales.

La primera es que, no teniendo nada contra la diversidad, no entiendo por qué su protección debe ser la misión de quienes representan la unidad y tienen como mandato promoverla. Es más, si algo vivimos hoy en día es una verdadera inflación de diversidad, en detrimento de los aspectos unitarios. La pregunta no es quién se ocupa de la diversidad sino, más bien, quién se cuida de la unidad.

Por otra parte, ambas cosas pueden coexistir porque, de hecho, han coexistido siempre. La gran cultura europea ha existido, a lo largo y ancho del continente, superpuesta y en convivencia con las culturas nacionales y locales. Y jamás ha representado ninguna amenaza para ellas.

En problema, y problema profundo, además, es que los diversos socialistas de todos los partidos que pueblan las instancias nacionales y comunitarias no quieren “descubrir” la identidad europea, sino “construirla”. Y entonces, sí, es cierto que cuando los socialistas de todos los partidos se ponen a “hacer país” y a “construir” cosas, otras cosas que no tendrían por qué desaparecer empiezan a peligrar.

2 Comments:

  • Que desatino!!!!

    1.- "Al igual que las lenguas muestran su semejanza en su forma más culta –será difícil que un español hablando en la jerga de los barrios de Sevilla y un francés en el semidialecto de las banlieue parisinas lleguen a entenderse;"

    ¿Por favor, y que te piensas que tienen en común un franco-argelino (o franco a secas) de las afueras de Marsella, y un Bretón de esos pueblos perdidos del Norte? Te lo digo yo: NADA!!!!! Y se supone que son franceses!!!


    2.- "(...)la cultura europea no es más que la suma de las culturas singulares, no ya nacionales, sino locales".

    La cultuta NO SE SUMA!!!!Esto no son matemáticas. La cultura es lo COMÚN de unas gentes, a diferentes niveles, lengua, costumbres, etc..
    ¿Y la diferencia entre cultura local y nacional? ¿El ejercito? ¿Fronteras?

    3.- "Un ir hacia atrás en la historia. Es algo profundamente anacrónico y que, en última instancia, nos aísla de nuestros semejantes."
    "Esa identidad, si está en algún sitio, es en la gran cultura europea, el precipitado de todas las cosas que han ocurrido en este continente durante dos mil años."

    Lo que no vale para un grupo de gente de un pais (el pasado) si que vale para un continente (Europa). Es decir, lo importante es el tamaño. Y la calidad, claro. La identidad Europea existe gracias a la cultura, el resto de identidades son engendros maliciosos creados por el mal supremo para... ¿para que?

    En fin, creo, sinceramente que nos has estado acertado. Lo cual no es habitual en tí. Me extraña.

    By Anonymous pepito grillo, at 1:00 p. m.  

  • hoaaaaaaaaaaaaaaaaaaa guguagu aguuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu guuuuuuua guaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa bebe so yo toy bavo contigo eto e muy inteleshante

    By Anonymous Anónimo, at 5:08 p. m.  

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