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miércoles, mayo 31, 2006

Y LA NACIÓN, ¿QUÉ TAL?

¿Cuál es el estado de la Nación real?, ¿qué tal se bandea el “concepto discutido y discutible” este de cuarenta y bastantes millones de almas? Pues podemos decir que el como de costumbre. Un estado de tensa calma. Porque los problemas mudan, pero la preocupación permanece. Es verdad que antes teníamos padecimientos de pobres, y ahora tenemos inquietudes de ricos, pero el caso es que Juan Español –Español por parte de padre y Responsable por parte de madre- ha de tener siempre la mosca detrás de la oreja. Antes era por alcanzar la prosperidad, tan esquiva, ahora por no perder la alcanzada.

Algunas cuitas son viejas. Lo de los pisos, por ejemplo. Ya me dirán ustedes cuándo han estado asequibles. Otras son genuinamente nuevas, como la de la inmigración. Aprender a convivir con gente de otras latitudes, oír lenguas tan diferentes por las calles... toda una novedad. Las cosas van bien, sí, pero no podemos evitar un runrún, un no sé qué o, quizá, el simple vértigo de que las cosas van demasiado deprisa. De que todos sepamos que nuestro crecimiento es tan alto como endeble de fundamentos.

En aquellos más dados a la reflexión, la intuición toma más cuerpo. Se ponen apellidos a los problemas. Sabemos que el problema real de nuestro país, lo que en estos momentos nos impide dar el paso de la definitiva incorporación a la primera división, es una democracia deficiente. Los viejos usos franquistas, tan bien perpetuados por la sucesión de socialismo y tecno-democracia cristiana que nos ha gobernado, que se no se resignan a irse por el sumidero de la historia. Sin duda, el progreso está sujeto a la ley de los rendimientos marginales decrecientes, y por eso lleva tanto o más tiempo dar el pasito que separa a esta democracia fuera de punto de las grandes naciones que la sima que nos distancia ya de los menos aventajados.

Nuestros padres y abuelos pueden estar satisfechos de lo que hicieron, porque sin duda fueron grandes cosas. De hecho, pintaron casi todo el cuadro, y nos legaron la obra casi, casi terminada. ¿Eran conscientes de que nos iba a costar tanto esfuerzo dar esa esquiva pincelada final? Siempre es ese último toque el que lleva a los pintores a la desesperación, lo que separa la obra auténticamente terminada del boceto, todo lo perfilado que se quiera, pero boceto al cabo.

Así las cosas, lo único que se pide de la clase política es que contribuya a ese esfuerzo, simplemente no destruyendo. ¿Algo de lo que se ha visto y oído en el Congreso permite abrigar esperanzas? ¿Algo permite intuir que la política va a colaborar?

Más bien no. Por enésima vez, Zapatero renunció a explicarse, a presentar una hoja de ruta que justifique, siquiera sea en forma de buenas intenciones, todo un rosario de iniciativas a las que es difícil encontrar un norte. Es cierto que, como le espetó Rajoy, el Presidente divide a los españoles. Y, sobre todo, divide en dos grandes grupos: los que tienen fe en él y los que no. Grosso modo, por paradójico que parezca, analistas de uno y otro signo no andan tan distantes en el análisis y la valoración de los hechos. No es verdad que en el terreno de las ideas estemos en el más absoluto disenso. Nadie es capaz de dar cumplida razón de los porqués de multitud de iniciativas, nadie es capaz de ver cuál es el objetivo final tras las reformas estatutarias, tras una política exterior que a duras penas cabe calificar de tal o, en fin, de un proceso de negociación que parece aventurarse sin signo alguno definitivo de que las cosas han cambiado.

La discrepancia está, pues, en el juicio. Hay quien, a la vista de todo lo anterior, opta por el optimismo y, bien decide dar un cheque en blanco al Presidente, bien se consuela con frases del tipo “no llegará la sangre al río”. Otros, claro, extraen, extraemos consecuencias bien diferentes. Quien no da una explicación razonable en democracia puede que, simplemente, no la tenga o, dicho de otro modo, esperar algo bueno de un sinsentido no pasa de ser un ejercicio de puro y simple voluntarismo.

Frente a esto, una derecha de la que tampoco cabe esperar milagros, porque apenas sabe encontrar su sitio bajo el sol. Hay quien dice, no sin razón, que era ya algo imprevisible que Rajoy llegara hasta aquí en un estado no catatónico. No ha sido, me temo, gracias a los méritos del Partido. Afortunadamente para Mariano Rajoy, ahí fuera, donde no abrigan las moquetas de Génova,13, donde no moran los asesores áulicos del centro, hay todo un complejo de intereses, personas y medios que se resiste a morir, que no quiere permitir que esto vuelva a ser un paseo militar para el priísmo.

Agrupaciones, fundaciones y asociaciones de lo más variopinto, diarios impresos y de internet, bglos y bloggers y, por qué no, también algunos demagogos que han demostrado que ciertas cosas no son privativas de la izquierda han tomado la bandera de una mitad de la sociedad civil que se resiste a ser arrasada. La jauría ladra bestialmente, irritada, enfurecida por esta determinación de sobrevivir. Pero esa determinación, hoy por hoy, no viene de la clase política.

Diríase, en suma, que la Nación hace lo que puede por resistir, por continuar su vida, sin ayuda de unos, y a pesar de otros.

2 Comments:

  • Roncaba Sabina (con perdón) "El más capullo de mi clase, qué elemento, llegó hasta el parlamento".

    Rima fácil, crítica -en mi opinión-certera.

    By Anonymous Anónimo, at 12:07 p. m.  

  • Cuando los tiempos son difíciles es cuando más hombres lúcidos y buenos se necesitan. A cada uno no se le preguntará en que tiempo vivimos, sino cómo cumplimos la misión asignada en el preciso tiempo en que vivimos. Un hombre justo y bueno no vive atado y obsesionado por el éxito de sus acciones. Él hace lo que hay que hacer en cada momento, en un sentido intentándolo todo y en otro ateniéndose a lo mucho o poco que se puede hacer; lo demás lo deja, sereno y confiado, para el día de mañana.

    Cuando en tiempo de guerra hay que cruzar un río, quizá no se pueda pasar en puentes romanos sólidos, hermosos, casi definitivos. Entonces basta (pero es obligado) aprestar barcazas y traviesas preparadas en la noche, que permitan a la tropa y la población pasar a la otra orilla. Son necesarios grandeza de alma y humildad para las soluciones pequeñas, no exigibles y eficaces en un tiempo preciso. El camino de la verdad real es la real verdad. Pasa entre la ilusión atrevida de quien pide lo máximo y la soberbia degradada de quien, por no poder realizar lo máximo deseado, no hace lo mínimo posible. Eso posible en cada tiempo es lo sagrado y, en ciertas ocasiones, sublime.

    La historia no debe programarse con “héroes”, sino con la grandeza o la pobreza media de las personas normales, egoístas en unos casos y generosas en otros. Pero sin “héroes” la historia tampoco descubre su grandeza ni alcanza la altura que le es debida y de la que está necesitada. Los “héroes” no están a la espera de que existan podios preparados para exhibir sus posibilidades; no actúan porque ya hayan sido resueltos los problemas o existan esas posibilidades en un futuro, que ellos quizá no verán. No actúan porque existan esas posibilidades sino para que existan; no porque los tiempos sean gratos y fecundos, sino para que, superando su actual esterilidad, produzcan frutos futuros.

    Hay épocas históricas de bajo tono y timbre. No son momentos de gloria ni de cosecha, pero siempre son de perseverancia y de siembra. La bondad de un corazón se acredita cuando se está dispuesto a sembrar en generosa gratuidad, cuando se deja confiadamente entregada a la tierra la semilla, seguro de que ella, a su debido tiempo, en primavera la hará florecer y en verano madurar y dar fruto.

    By Anonymous H., at 2:46 p. m.  

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