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sábado, diciembre 31, 2005

FELIZ AÑO MOZART

El día 27 de enero de 2006, Wolfgang Amadeus Mozart hubiese cumplido 250 años. Por desgracia, no llegó a cumplir ni tan siquiera cuarenta y seis, pero fueron más que suficientes para alcanzar la inmortalidad.

El año que comienza mañana será, pues, año Mozart. Esto de las efemérides suele ser una excusa como otra cualquiera para llenar el calendario cultural pero, qué quieren que les diga, cualquier excusa es buena para acordarse del bueno de Wolfgang Amadeus. Tal como sucedió en el bicentenario de su muerte, allá por 1991, su imagen volverá a aparecérsenos en todas partes. De entrada, se prevé que como excepción al programa netamente straussiano, el Concierto de Año Nuevo, en esta ocasión, incluya la obertura de Las Bodas de Fígaro. Austria entera se volcará con el acontecimiento y, por supuesto, su institución más universal, la Orquesta Filarmónica de Viena, será la primera en hacerlo.

En vida, como cualquier músico de su época, fue considerado un artesano más. Cerca de doscientos cincuenta años más tarde, a la hora de buscar un motivo auténticamente representativo para la cara nacional de sus euros, la hoy República de Austria grabó su efigie. Optó por el que, sin duda, es el hijo más ilustre de aquella nación, y su símbolo más conocido, postergando a emperadores, reyes, políticos, militares y a toda la excelsa nómina de intelectuales y artistas que ha dado ese pequeño gran país alpino –pequeño hoy, se entiende, que no antaño-. Y este detalle, claro, es lo de menos. Incluso gente que jamás ha oído una sola nota de música culta sabe quién fue Wolfgang Amadeus Mozart.

Mozart es el genio en estado absoluto. Una broma que, de cuando en cuando, se complacen los dioses, revoltosos ellos, en gastar a la inmensa cantidad de gente mediocre que poblamos la tierra. Así lo sentía, si se recuerda, aquel Salieri que encarnó, mereciendo un óscar, F. Murray Abraham en aquella “Amadeus” de Milos Forman que tan poca justicia hacía, por otra parte, al propio Mozart. Quizá, sí, reflejaba correctamente la perplejidad que su figura despertaba y sigue despertando.

Todo es sencillez en Mozart. Y, aunque sea tópico, esa es la marca del genio. La elegancia de la sencillez, la simplicidad con la que las mayores dificultades terminan por caer. Sucede a menudo en otros campos de la ciencia y del arte. Cuando el genio acaba su tarea, todo es armonía, todo es equilibrio. Y, por eso, llega al profano. En el caso de Mozart, el resultado es una música deliciosa, increíblemente melódica, emotiva y que, por todo ello, atrae al oído de especialistas y legos.

A los legos, simplemente porque les gusta. A los especialistas porque saben de sobra que hizo falta un talento inmenso para obtener esos resultados, esa simpleza aparente que, en ocasiones, encierra complejidades que no son salvables sólo por la vía del esfuerzo. El trabajo, por sí solo, jamás hará un Mozart, ni un Picasso, ni un Einstein. Hace falta algo más, algo que no es asequible a todo el mundo. Quizá la constatación de ese hecho, ante el que no cabe más remedio que rendirse, resulte inaceptable para muchos.

¿Es esa la razón de que Mozart sea despreciado, ninguneado por la amplia tribu de los semicultos? ¿Es esto por lo que no agrada a quienes gustan de establecer comuniones privadas, exclusivas con “el autor”?¿Disgusta, quizá, que su música sea asequible a todo el mundo? Sí. Disgusta. La música de Mozart presenta, en toda su complejidad, el “problema del arte”.

Según es de sobra conocido, la obra mozartiana es inmensa. Y toda ella es sublime. Porque el genio no tiene altibajos. Nunca, jamás, le abandonó la inspiración. Ni siquiera en las cercanías de la muerte, presagiada, según el tópico –o según la película, yo qué sé- por ese Réquiem inacabado que, llegado un punto, se torna más oscuro... para seguir siendo igualmente bello.

Como increíblemente bellas son sus cuatro obras maestras operísticas. Così fan Tutte, Don Giovanni, Las Bodas de Fígaro y... la Flauta Mágica. Mucha gente es capaz de tararear algunos de sus pasajes. Pertenecen al imaginario universal. Y, al tiempo, son de una complejidad y una calidad musical, sencillamente, inigualables.

El insoportable Giscard pretendía construir la identidad europea obligando a los niños a memorizar el prefacio del ladrillo que redactó so capa de Constitución. Tengo para mí que se haría mucho más, por Europa y por los niños si, dispensándoles de semejante deber –o del de aprenderse el estatuto Maragalliano- se aprovecha este año para introducirles en la música de Mozart.

Ese hombrecillo que nos mira de refilón desde el euro austriaco, a buen seguro, gozaría sobremanera de que su música sirviese para cimentar buenos sentimientos entre la gente. Y, bien pensado, no puede ser de otra manera. ¿Quién puede albergar malos sentimientos mientras escucha música de Mozart?

Feliz 2006. Feliz año Mozart.

2 Comments:

  • Feliz año nuevo, Fernando. Mis mejores deseos.

    By Anonymous Perry, at 12:38 a. m.  

  • Gracias por tu comentario sobre el genio más grande que ha dado la historia,ójala este año dedicado a Mozart sirva para que su música esté presente por todos los rincones y que ablande los corazones de quienes la escuchen, Un saludo pamina

    By Anonymous Anónimo, at 7:07 p. m.  

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