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viernes, diciembre 09, 2005

ANTES DE ENTRAR, DEJEN SALIR

Cuando un conocido me comentó que la empresa gestora del metro de Madrid se estaba planteando recuperar el “antes de entrar, dejen salir”, me sonó un poco a broma. No es, claro, que no lo encontrara pertinente, pero no pensé que las autoridades de esta sofisticada villa fuesen a admitir que sus pobladores volvían a tener necesidad de recordatorios de las más elementales normas de urbanidad.

Naturalmente, no es que se haya recuperado el lacónico imperativo que antaño lucía en las puertas de los convoyes del suburbano. No. Se trata de una campaña a la altura de los tiempos, cara y a base de carteles apelando a la responsabilidad del ciudadano. No vaya a ser que pensemos que vuelven los del bigotillo. También han empezado a poner carteles recordando que es de rigor ceder el sitio a los ancianos o a las embarazadas. Lo dicho, tan necesario como vergonzoso.

No sé si pensarán recuperar otros mensajes igualmente añejos y que, por lo que se ve –y se huele- vuelven a hacer falta por las calles de la capital. ¿Qué se hizo de aquel “prohibido hacer aguas”? (aunque mucho me temo que la juventud botellonera lo del eufemismo no le iba a entrar con facilidad, así que ya se las puede ingeniar el publicista para sugerirles que eso significa “prohibido mear” sin ofender al distinguido público).

Y es que podría pensarse que la escolarización generalizada y la disponibilidad de sanitarios, entre otras cosas, irían haciendo innecesarios esos recordatorios y admoniciones. Todo lo contrario. Me temo que si la capital no está hoy, más o menos, cual la encontró Carlos III es por la abundancia de agua canalizada, no por mejoras en el nivel de civismo de sus habitantes.

Al mantenimiento de costumbres propias de la época de Esquilache, tales como escupir, orinar –incluso defecar, según la cogorza de cada cual- en la calle, dejar que los animales domésticos (afortunadamente, hoy apenas hay más que perros, porque no quiero ni pensar qué sería esto si los madrileños convivieran aún con otros semovientes como caballerías, vacas lecheras o cosa por el estilo) hagan también sus necesidades en la vía pública, hablar a gritos y, en general, desplazarse sin ninguna consideración, se han unido otras perlas que sólo podemos deber a la modernidad: superabundancia de graffitis y otras muestras de arte popular, incivismo al volante y empleo de todo tipo de máquinas para producir cuanto más ruido mejor –hay que reconocer que, en esto, los propios servicios de limpieza de la Corporación ponen su granito de arena con montones de cachivaches que no se sabe bien si limpian o remueven la mierda, pero que resultan insoportables.

Se trata de un proceso de abestiamiento generalizado que no sé si tiene parangón en otras grandes ciudades –me imagino, o me temo, que sí- pero que resulta aterrador. En otro tiempo, se decía que quien mostraba semejantes comportamientos “no había perdido el pelo de la dehesa”. La propia palabra “urbanidad” denunciaba que esas formas de actuar tenían algo de rústico, que eran propias de la vida en soledad o en compañía de bestias. Como siempre injusticia, estereotipo y mala leche.

No hay elemento más dañino para el medio ambiente –ocupe el medio ambiente que ocupe- que el del urbanita contemporáneo. En los barrios de las capitales anida una nueva especie de paleto, o de salvaje si prefieren, que no tiene precedentes. Es bruto, ignorante e incívico pero es que, además... no le importa. Desde que su madre le parió, no para de oír que no tiene más que derechos. Si eso se adereza con algo de mitología barata acerca de “la vida como competencia” –qué tendrá que ver la competencia con la desconsideración, digo yo- y con una estética (y una ética) de videojuego, el cóctel es explosivo. Lo que quieres, lo coges, punto. Por si no lo identifican, es el mismo animal que deja las costas y los campos que da pena verlos cada período vacacional. Durante el tiempo que los felices habitantes de esos parajes no lo padecen, vuelve a sus madrigueras, a planificar el próximo viaje organizado o la excursión a la siguiente playa que van a devastar.
Da la casualidad de que semejantes actitudes engarzan fácilmente con la inveterada tradición española del “jódete” o, “búscate la vida”. En plan Rinconete y Cortadillo pero en cutre –sí, sí, que siempre ha habido clases- el personal sigue buscando su provecho inmediato, incluso a expensas de los demás. En lugar de comportarnos todos de una manera un poco más respetuosa, parece que hemos llegado a una especie de pacto tácito en cuya virtud “hoy me jorobo yo, mañana te jorobas tú”. Si algún día les dejan encerrados en su coche a la espera de que el que ha aparcado en segunda fila tenga a bien moverlo, ahórrense las muestras de cabreo. Se espera de ustedes que hagan lo propio y encierren otro día a otro o, al menos, quien dejó el coche bloqueándoles así lo asume.

Es evidente que, en semejante entorno, si ustedes no aparcan nunca en segunda fila, serán siempre perjudicados. Al igual que, si dejan salir antes de entrar, lo probable es que pierdan el tren. Serán los pardillos o, como se dice ahora (bueno, se decía hace diez años, que en esto las ciencias adelantan que es una barbaridad), los “pringaos”. Lo que en este país nadie, bajo ningún concepto, quiere ser nunca.

Así que, ya se sabe, parte de los impuestos municipales, a partir de ahora, irán destinados a recordar, en forma que no hiera al sensible urbanita, que antes de entrar ha de dejar salir, que ha de ceder el asiento, que no puede fumar junto a la señal que lo prohíbe y que cuando la taquillera nos expende el billete, lo propio es decirle “gracias” –supuesto, claro, que no nos ladre-. Ya puestos, sugiero que también recuerden que no se debe hacer ruido al comer, que no se debe apoyar los codos en la mesa o que sentándose derecho no salen lesiones de espalda. ¡Ah, y que a las personas mayores –y, en general, a quien no conocemos-, se les debe tratar de usted! (¿qué tal una pequeña pegatina diseñada por Pascua Ortega o así que diga “sea cortés, no me tutee, gracias”?).

Ahora mismo, la verdad, no se me ocurre mejor destino para el dinero público.

1 Comments:

  • Creo que habia que recuperar las viejas pegatinas que habia en los cristales de las puertas:
    "Al entrar o salir no obstruyan las putas"
    o
    "No introduzca el pene entre coche y anden"

    By Anonymous Anónimo, at 8:35 p. m.  

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