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martes, noviembre 08, 2005

POLÍTICA FICCIÓN

Muy entretenido el ejercicio de política-ficción que nos ofrece Kurt Hayek hoy en “Desde el Exilio” (Estatutos Imaginarios (y IV)). El autor nos sitúa en un escenario de victoria insuficiente del PP en las próximas elecciones, conducente nada menos que a una serie de referendos constitucionales en los que, entre otras cosas, se dirimiría de una santa vez la cuestión de la pertenencia o no de Cataluña y Euskadi a esta España de nuestros pecados o la incorporación de Navarra al País Vasco. Los referendos tendrían un ámbito territorial diverso, para que no hubiera quejas – quiero decir, a quien se preguntaría si Cataluña sigue o no donde ha estado los últimos quinientos años sería a los catalanes.

En suma, lo que el ingenioso Kurt Hayek plantea es una solución a la canadiense, una solución civilizada. En realidad, esto no es nuevo, porque ya otras voces sensatas han argumentado sobre la misma idea. Si estamos disconformes con el estatus constitucional de nuestro país, lo mejor es hablarlo, dirimirlo de una vez y, eso sí, olvidarse de una vez por todas, resuelta la polémica por el recurso a las urnas, si fuere necesario.

Por supuesto, quienes proponen hacer las cosas por las claras no tienen la más mínima intención de dinamitar nuestro país y están más que convencidos –con buen criterio, creo- de que no hay más que apelar al común de los españoles, que están contentos de serlo, mediante una pregunta directa y sin tapujos. En realidad, es una estrategia de desenmascaramiento del nacionalismo por la vía de sobrepasarlo, de anular para siempre su discurso victimista. De paso, la derecha podría quitarse para siempre el sambenito de "españolista", que ahora le cuelga el presidente del Gobierno, con su vade retro a quien quiera tildarle de lo mismo.

Nótese que semejante forma de proceder representa las antípodas del “método zapatero”, que no es más que la táctica del nacionalismo elevada al cubo, esto es, un paso más en un proceso de concesiones continuas que nos aproxima hacia un desenlace que nunca se produce, mediante un mecanismo kafkiano que permite, al mismo tiempo (y es que es ingenioso, oigan), arrancarle competencias al estado, ir descosiendo España sin abandonar ni por un momento ayes y quejidos menesterosos. Bien mirado, lo de los nacionalistas ibéricos es como la tortura china, que por lo visto duele horrores, pero justo, justo lo necesario para que no te quedes frito y ya te dé todo igual.

Dice el autor, de nuevo con buen juicio, que, salvo quizá el PNV (¿cree el PNV que podría estar en condiciones de ganar un referéndum de independencia?), cualquier nacionalista, hoy por hoy, huiría de semejante proceso caracterizado por la luz y los taquígrafos. El fundamento de esa opinión está ante nuestros ojos, cuando vemos cómo se aborda a la Constitución por la puerta de atrás, pero nadie se atreve –ni siquiera contando con diputados de sobra para la iniciativa- a pedir un debate de reforma sin el amparo de un procedimiento tramposo.

El primer problema que plantea ese escenario es, claro, que esto no es Canadá. Por alguna razón que no me explico, en los países civilizados son capaces no sólo de debatir cualquier tema, sino de hacer que el debate no acabe en un pandemónium en que se termina discutiendo todo lo divino y lo humano, menos de lo pertinente. Aquí empezamos hablando de federalismo, que es algo que puede sonar sensato o, cuando menos, es intelectualmente impecable, y terminamos, en un santiamén, en el ¡viva Cartagena! Los debates políticos deben discurrir teniendo como trasfondo un determinado sustrato de ideas de las que hoy, en España, carecemos. Nótese que esa es una de las múltiples críticas que se le pueden hacer al “proceso Zapatero”, que nadie lo ha pedido, que surge ex nihilo, de la nada, como una ocurrencia nada feliz. A partir de una reclamación de revisión de un marco financiero, la clase política pare una norma de alcance general que, por su carencia de fundamentos, resulta, si cabe, más estrambótica.

Lo mismo sucede con una posible revisión seria de la Carta Magna. Nadie ha hablado de ello con la debida serenidad y con la debida transparencia. De entrada, porque la cuestión está mediatizada por el virus del nacionalismo, que desacredita incluso posiciones razonables próximas a él. Si algo caracterizó al proceso constituyente del 78 es, precisamente, una serie de ideas-fuerza claras subyacentes, cualquiera que fuese su procedencia. ¿Alguien cuenta, realmente, con un proyecto de estado federal, por ejemplo? ¿alguien se ha tomado la molestia de promover y presentar algún modelo territorial alternativo, con su debido encaje político, económico y jurídico?

Mientras tal cosa no exista, mientras no se tenga una mínima idea de adónde se quiere llegar, malamente podemos discutir con alguna base sobre los mecanismos. Para hacer piruetas, ya está ZP.

Y, claro, algo que sí es común con Canadá –bueno, con los quebequeses- es que los referendos sólo son determinantes cuando el nacionalista los gana. Si los pierde, siempre quiere segunda oportunidad, con el manido argumento de que “la generación actual no se ha pronunciado”. Por si nuestra propia experiencia no bastara, he ahí, insisto, la canadiense. Bien es cierto que, parece, allí, a la tercera, han terminado por aburrir al personal y Quebec se queda donde está. Si los civilizadísimos canadienses de Quebec sometieron a semejante tostón a sus conciudadanos, ¿qué cabe esperar de nuestra parroquia identitaria? Pues un referéndum todos los domingos – a la salida de misa, claro.