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domingo, octubre 16, 2005

ORTEGA O LA DIGNIDAD DE PENSAR EN ESPAÑOL

Celebramos en estos días el cincuentenario de la muerte de don José Ortega y Gasset. Aunque al menos parte de la parroquia liberal le tiene siempre presente, creo que conviene parar un segundo a reflexionar sobre su figura. Pocos son los homenajes que, en comparación con su talla, se le están tributando. Es verdad que en estos días se procede a una reedición de sus obras completas que es, quizá, el mejor recuerdo, pero no por esperable es más comprensible el silencio mezquino de la Administración española, tan dada a efemérides y conmemoraciones de cuanto de prescindible y frívolo hay en el mundo. Supongo que el propio Ortega habría recordado, con dicho castellano, que es imposible que un olmo dé peras.

No deja de ser una ironía del destino que la conmemoración llegue en este momento, auténticamente funesto, en la que un gobierno irresponsable, nacido de la desgracia, hace plenamente actuales sus palabras acerca del estatuto de Cataluña en aquellas Cortes de la República, tan florentinas en las formas como ásperas en el fondo de los debates. En estos días sale a la calle el libro que recoge, extraídas del diario de sesiones, las intervenciones de Ortega y Azaña – ilustrativas ambas. Corría 1932. Sin duda, si el filósofo madrileño pudiera seguir la actual polémica, sabría cuan certero resultó su diagnóstico, todo tendría para él un aire de déja vu (todo, claro, excepto la insultante falta de patriotismo, que no exhibieron nunca quienes, por lo demás, discrepaban en todo).

Ortega reunió en su persona dimensiones que lo convierten, quizá, en el último gran humanista que ha dado nuestro país. Filósofo, escritor, divulgador, político... nada verdaderamente humano le era ajeno. A mi juicio, sin duda, es la figura cimera del pensamiento político español del siglo pasado, y todo apunta a que, si las cosas siguen como pintan, no tendrá igual tampoco en el presente, aunque solo sea porque, merced a la política educativa ideada por el genio socialista y no enmendada por la cobardía popular, viene ahora una generación de españoles que cree que Ortega y Gasset es simplemente una calle llena de tiendas pijas.

Se ha dicho a menudo que, como pensador, es de talla mediana. No convengo con esa opinión. Sí puede decirse, creo, que no fue un filósofo altamente especulativo, ni un gran creador de sistemas. En ese sentido, es cierto que no estuvo a la pretendida altura del pensamiento de su tiempo pero, ¿estamos seguros de que eso es un defecto? No pretendo, ni mucho menos, ser experto en estas lides pero, ¿acaso no cabe, legítimamente, preguntarse si, desde esas alturas de la abstracción, puede verse algo más claro el panorama de la tierra, esta de aquí abajo, donde habitamos los mortales?

Algunas nociones orteguianas son herramientas explicativas tan potentes como imprescindibles para comprender la vida humana y, sobre todo, su dimensión política. Casi todas sus obras merecen por derecho propio figurar en los anales del pensamiento europeo e internacional, pero sobre todo una: la Rebelión de las Masas. La claridad de entendimiento de Ortega y la profundidad de su análisis resultan sobrecogedoras. No es un libro de tema español, sino que reviste un interés general, y quizá por eso es conocido y citado en círculos intelectuales verdaderamente selectos. Casi ningún otro ensayo escrito en español ha merecido una atención semejante fuera de las fronteras del mundo hispánico.

Fue, ciertamente, un intelectual en el sentido más noble del término. Es decir, un analista riguroso y comprometido con la verdad, no un paniaguado de nadie. Catedrático desde joven, en absoluto se refugió cobardemente en los oropeles y salvaguardas de una academia mucho menos endogámica entonces, sino que entró decidido en el terreno de la prensa diaria y el ensayo. Los vehículos de comunicación del intelectual verdadero con la sociedad a la que sirve. Fundador de la Revista de Occidente y alma de El Sol, hizo cuanto pudo por que la sociedad española dispusiera de unos medios de comunicación a la altura de los tiempos.

Su prosa le sitúa entre los mejores escritores en español del siglo, a mi entender, sobre todo entre los que cultivaron el dificilísimo género del ensayo. No cabe ninguna duda de que hubiera merecido todos los grandes premios literarios instituidos con posterioridad a su muerte –está casi tan claro como que los comemierdas que pululan por los jurados hubieran hecho cuanto hubiera estado en su mano por negárselos-, y su presencia hubiera honrado la nómina del Cervantes, el Príncipe de Asturias o, incluso, el Nobel de literatura (bien pensado, no sé si esto último es realmente un honor).

Estuvo siempre con la libertad, con España y con Europa –si hemos de creerle, con Europa por estar con España. Fue anglófilo convencido, además, en el sentido de que creía, con certeza, que el mundo anglosajón estaba muchos años por delante de la Europa continental en desarrollo político. Todas esas convicciones le convierten, sin duda, en rara avis en el pensamiento español, y aun en el occidental. Recordemos que de los años 30 a esta parte, lo que se ha llevado, lo que se estila en Europa, es ser prototalitario. En tiempos de Ortega y hasta unos cuantos años después, de forma abierta y, desde la ruina del experimiento soviético, de manera más sutil – bueno, siempre quedan amigos de la “vía directa”, para qué nos vamos a engañar, pero los más tiran por los vericuetos de “lo social”. El intelectual europeo medio, en el continente, y con honrosas excepciones, ha sido enemigo acérrimo de las libertades. Paradojas de la vida, la libertad existe (en la medida que existe) hoy a pesar de algunas de las mejores cabezas de Europa, y no gracias a ellas. Dicho sea de paso, me temo que no ha sido ajena a este fenómeno esa búsqueda de las “alturas especulativas”.

En lo político, Ortega es, también sin duda, el mejor exponente de lo que se ha dado en llamar “la tercera España”. Esa España –a la que pertenecen también Madariaga, Besteiro y algunos otros- sucesivamente traicionada por monarquía, república y dictadura. Esa España que se encuentra, ahora, en trance de ser traicionada también por la democracia, ahora en manos de los que ya la traicionaron una vez (sí, esa izquierda que tanto gusta de identificar a la derecha con el pasado, al obrar así se hace heredera de tan pesada carga). Por eso mismo, Ortega, que sería, probablemente, venerado en cualquier otro país de la dimensión del nuestro, tan falto de figuras señeras a las que honrar, no es querido por la izquierda, pero tampoco por la derecha.

La derecha tradicional, claro, no le considera patrimonio propio (la reivindicación de Azaña por Aznar, por cierto, y su silencio absoluto respecto a Ortega le hace mil veces acreedor a la menesterosa situación de su partido). Al fin y al cabo, es un liberal, europeísta y anglófilo –republicano, por lo demás-, ajeno, por tanto, a la línea dominante en ese campo. De la izquierda, mejor no hablar.

Puede que, al fin y al cabo, sea ese el mejor síntoma de su validez.

2 Comments:

  • Muy bueno tu homenaje a Ortega y Gasset. Uno de los exponentes del pensamiento de centro izquierda chilena, el profesor de Derecho Agustín Squella y divulgador del liberal socialismo, a menudo se pregunta en sus columnas de "El Mercurio de Santiago", ¿Qué pensaría Ortega y Gasset si viera a las universidades a merced del mercardo? No se da cuenta, que como bien dices, es liberal y admirador de la cultura inglesa. Cree que Ortega y Gasset es de izquierda.

    By Blogger Javier Bazán, at 7:44 p. m.  

  • Amigo Javier:

    Muchas gracias. Celebro que te haya gustado este pequeño recuerdo al que, ya digo, me parece uno de nuestros maestros más imprescindibles.

    Respecto a lo que comentas del profesor -lo de liberal socialismo me parece de traca-, pues, claro nunca se sabe, pero apuesto a que a don José no le hubiera importado lo más mínimo que la universidad estuviera imbricada con el mercado que, al fin y al cabo, es lo que en términos no económicos llamamos "sociedad civil" (es decir, lo que Ortega echaba tan en falta en nuestros países hispánicos). Lo que a buen seguro no agradaría nada al filósofo es el el estado de postración en el que se hallan las universidades españolas, que no se caracterizan, precisamente, por tener relación alguna con el mercado.

    En cuanto a lo de considerar a Ortega de izquierdas... bueno, ya se sabe que lo bueno de las etiquetas es que, haciéndolas suficientemente flexibles, puede uno reclamar para sí cuanto de bueno ha producido la historia y repudiar lo malo. Ya sabes que, al final, el que nunca fue de izquierdas es Stalin.

    Un abrazo

    By Blogger FMH, at 9:44 a. m.  

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