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miércoles, octubre 05, 2005

EL VOTANTE EN SU LABERINTO

Veamos. Yo, afortunadamente, conozco mucha gente de izquierdas. Y es verdad que algunos de ellos responden puntualmente al estereotipo del progre, es decir, sólo se expresan a través de consignas, no de ideas, y siempre tienen un lugar común para despachar el tema que se trate. Si entablas con ellos una discusión, pues repiten el lugar común más veces y ya está.

Estos últimos tienen más que clara su postura respecto a la cuestión del estatuto de Cataluña o, incluso, de la cuestión territorial en general –bueno, tienen más que clara y sin asomo de duda su postura sobre lo que sea. Al fin y al cabo, los muecines ya han impartido la doctrina al respecto, a saber: “no pasa nada”, “el PP está histérico”, “sin duda será constitucional con algunos retoques”, “al fin y al cabo, ¿qué significa “nación”?”, y “no me gustan los nacionalismos, ni de un signo ni de otro (igual que al PNV y a Batasuna, que les desagrada la violencia, “de un lado y de otro”), “no se puede contestar a todo que es inconstitucional”... les ahorro la retahíla completa. Estos son caso perdido y, es de suponer, si mañana Cataluña o Galicia se declaran independientes por las bravas, le echarían la culpa a Aznar (puede haber, y conviene no confundir los términos, a quien, legítima y realmente, le importe una higa que España se desmembre – pero de esos conozco pocos en la zona de derecho civil común, e incluso en la de derecho foral, aunque solo sea porque le tienen cariño a la liga nacional o estatal, como dicen en Euskadi.)

Pero lo cierto es que no toda la izquierda se agolpa los sábados en la cola del Alphaville –me encantó esta descripción tan ajustada de David Gistau-. En la izquierda milita mucha gente razonable. Desde una perspectiva liberal, con respecto a esa izquierda existen, sin duda, media docena de ideas compartidas que pueden parecer pocas, pero son más que suficientes para que sea posible una convivencia sin transtornos. La única condición necesaria es el respeto mutuo entre ideologías diferentes (esto es, cosas como que la alternancia no implique derogación necesaria de las leyes más polémicas del gobierno anterior, en los casos en que hubiera sido posible la aprobación sin el concurso de la otra parte y otras lindezas por el estilo.)

Además de tener ideas firmes, me consta que la mayor parte de esta gente conserva intactas sus facultades de raciocinio. Vamos que, de “todos los hombres son racionales” y “Sócrates es un hombre” derivan sin dificultad “Sócrates es racional”, diga lo que diga El País esa mañana.

En pocas palabras, hay quien concilia la militancia izquierdista con la solidez de los conceptos –podrán estar equivocados pero, al menos, hacen pasar sus ideas y creencias por el tamiz de un rigor mínimo- y con la lealtad a una serie de principios y compromisos fundamentales. Esto está fuera de duda, y con toda probabilidad no estamos hablando de poca gente.

Este tipo de personas reciben cada intervención de ZP con un mohín de desagrado. Su estulticia no pasa inadvertida ni a propios ni a extraños. Y, desde luego, son incapaces de entender, y no digamos de compartir, la deriva nacionalista. Ante estropicios como el del estatuto, esta gente reacciona con espanto ya que, además de estar cargado de un insufrible tufo identitario –que, normalmente, la izquierda de siempre asocia de manera tan instintiva como cabal con el reaccionarismo más absoluto- es una andanada contra principios, como el de igualdad entre los españoles, que solían y suelen estar muy altos en la escala de valores de la izquierda tradicional, por no decir que la cierran por arriba.

Ayer mismo pregunté a un par de personas de ese perfil por qué no sacaban las consecuencias lógicas de sus actos. Y no supieron contestarme. Lo primero que se les vino a la boca es espetarme que en ningún caso -¿pase lo que pase?- iban a votar a la derecha. Yo les contesté que eso no era una consecuencia necesaria, porque siempre cabe la abstención. Es cierto, claro, que una abstención significativa termina equivaliendo a un apoyo indirecto al partido contrario, pero cabe hacer algunos matices al respecto.

El primero es, simplemente, que no hay tercero posible. Si uno desea que deje de gobernar uno, implícitamente, está admitiendo la posibilidad de que gobierne el otro. Se trata de una elección entre males. El segundo matiz es que, contempladas ex ante y no ex post –esto es, desde la perspectiva de las intenciones y no de los resultados- y desde el punto de vista individual, las posiciones para nada son iguales. Sean cuales sean las consecuencias mediatas de nuestro acto, una vez metido en la batidora de los recuentos, aunque las posiciones políticas vayan perdiendo riqueza de matices, eso no las invalida.

Lo lamentable es que a esta gente se le presenta un auténtico dilema que cabe calificar de desgarrador. Es fácil de comprender que un cambio radical de voto supone un viaje intelectual, e incluso sentimental, que puede no ser sencillo de acometer en un espacio de tiempo breve. Pero, por otra parte, pueden tener por cierto que la dirigencia de su partido sólo reaccionará ante perspectivas creíbles de daño electoral. Es así de triste, me temo.

El zetaperismo no comparte muchas cosas con su bases electoral, me temo, y vive fundamentalmente del comportamiento inercial de ésta y de la natural tendencia a seguir creyendo lo que tenemos por costumbre creer. Continuando con el ejemplo del estatuto catalán, la profundidad de los cambios dependerá exactamente de lo que cueste alcanzar una postura aceptable en el seno del partido socialista –dicho de otro modo, esto es como una subasta holandesa, los precios de oferta y demanda bajan y suben hasta que se cruzan-. Tendrá que haber un óptimo que satisfaga a todos los poderes en conflicto, y ese óptimo se mide en cuota de voto perdido. Esto es, el estatuto será tan del gusto de Maragall y Carod como sea posible sin pérdida significativa de apoyo electoral – y, por supuesto, al interés de España y los españoles, que le zurzan.

El votante de izquierda apoyó durante muchos años un gobierno delincuente. Eso no está bien, claro. Pero la situación actual es mucho peor. Creo que era Sócrates –y, si no lo era, bien pudiera haber sido- el que dijo preferir el hombre malo al hombre idiota (tómese la palabra por su etimología). Pues bien, ahora, el votante de izquierda está en trance de decidir si sigue sosteniendo el mayor ejemplo de idiocia que haya conocido este país en muchos años.

Pero seguro que no fue Sócrates el que dijo que sarna con gusto no pica, claro.

1 Comments:

  • Al españolito (con perdón) medio le gustan las cosas facilitas y sin líos. Uyuyuyuyuy, que viene la derecha... Uyuyuyuyuy, que vine la progresía...

    Esto es, el comportamiento que el españolito (con perdón) medio tiene ante algo tan trascendental como la toma de decisiones colectivas, es la extrapolación del que tiene ante un partido de fútbol.

    Este comportamiento explica al menos dos cosas; una, los intentos de algunos por justificar los desaguisados de sus votados (nótese la equidistancia, tanto forofo hay en las filas sociatas como en las filas peperas); y dos, que el Real Madrid todavía tenga afición.

    Métase en el cóctel junto a este comportamiento tribal, un poquito de orgullo por defender las "propias" ideas, dos pellizcos de manipulacíón informativa, cuarto y mitad de no estar acostumbrado a pensar, no digamos leer, agítese, y obsérvese el resultado. Efectivamente, ese es, ahí lo tienen, amigos: El españolito medio. Que por supuesto estará mucho más jodido si Bélgica abre el culo a la Armada Invencible el sábado que si el Estado salta en pedazos.

    Mierda de jueves.

    By Anonymous Anónimo, at 11:15 a. m.  

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