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sábado, octubre 15, 2005

CUMBRE IBEROAMERICANA

El espectáculo de las resoluciones abiertamente procastristas de la Cumbre Iberoamericana de Salamanca prueba, a las claras, que los que afirman que nos encontramos frente al peor gobierno español desde Calomarde marran el tiro. La sola comparación ofende a cuantos gobiernos han regido los destinos de nuestro país –y téngase presente que, en ocasiones, estos han sido incluso dos a la vez-. El ministerio Zapatero no es un gobierno, sino que empieza a ser una patología. Una suerte de enfermedad de la que ya solo cabe desear que no sea mortal de necesidad, aunque los síntomas no dan pie a muchas alegrías.

Parece evidente que el jefe del ejecutivo sólo se ve superado en idiocia, en ensimismamiento y en ausencia de conexión mental con la realidad del país por el canciller y alguno de sus secretarios de estado. Moratinos y sus asesores carecen de igual en el amplio panorama de la diplomacia mundial. No se conoce ningún otro ejemplo semejante de tercermundismo... en un país del primer mundo. Y es que, para desdicha de Moratinos y alguno de sus adláteres, sobre todo gracias a que la gente como ellos no ha accedido al gobierno sino hasta fecha muy reciente, España es un país desarrollado y, asimismo hasta hace muy poco, incardinado en la órbita de Occidente.

El próximo gobierno español, si es que lo hay, sudará la gota gorda no ya para devolver (o dar, que no quiero herir sensibilidades) a España un puesto digno en la escena de las naciones, concordante con nuestro peso económico, sino para alcanzar algún lugar decente entre las potencias medias –concepto que abarca desde Italia hasta Bélgica, por citar sólo ejemplos europeos, por lo que caben muchos estadios intermedios-.

El solo hecho de haber puesto las relaciones exteriores de la décima potencia económica mundial, el quinto país de la Unión Europea por población, uno de los principales inversores mundiales en Iberoamérica, cofundador del euro, signatario de todos los tratados relevantes que ligan a las naciones civilizadas, uno de los estados más viejos del mundo y, en fin, un país que acredita embajadores desde que se inventó esta figura en manos de ese ente indescriptible que atiende por Moratinos y mantenerlo tras desastres como el de la Cumbre es razón más que suficiente para que el líder de la oposición presente una moción de censura.

La Cumbre Iberoamericana, por lo demás, va a terminar como se preveía, como un acto de “turismo presidencial”, según ajustada descripción del presidente Uribe. Nada inhabitual, por lo demás porque ¿cuándo han producido algo fructífero estos encuentros? Se dirá, no sin razón, que una reunión general de mandatarios iberoamericanos es algo valioso en sí mismo, pero eso parece manifiestamente insuficiente para justificar el dispendio que se obliga a hacer a algunas naciones que se cuentan entre las más menesterosas del planeta. Dicen que el nuevo Secretariado Permanente en manos de Iglesias, con su dotación presupuestaria algo raquítica, pero con su tarea continuada, puede hacer que la cosa dé más de sí. Hasta ahora, la verdad, sólo son productivas para Castro –mucho, porque el tío ni se molesta en ir, sino que manda un esbirro, que siempre sale más barato.

El caso es que es muy difícil.

Es muy difícil, en primer lugar, porque la comunidad lingüística en torno al español y al portugués apenas puede disimular la gran heterogeneidad que caracteriza al mundo iberoamericano. Algunas naciones como Bolivia centran su atención en salir de un subdesarrollo profundo que, en algunos aspectos, las acerca más al infierno africano que a aquellos estados con los que comparte frontera. Otras, como Argentina, pugnan por no salirse, realmente, de la estela de la civilización, por no caer en la sima de la descomposición final de lo que fue un gran país –y no es sólo una cuestión de mantener una digna renta per cápita-. Brasil está llamado a desempeñar, si quiere y es capaz de poner en orden su casa, un papel de potencia mundial; nadie está en condiciones de disputar su papel en el Cono Sur, y parece destinado a ser la verdadera “voz de América Latina” en grandes foros (si algún día ser reforma el Consejo de Seguridad, he aquí un candidato en boca de muchos para una silla permanente). México, en fin –la primera potencia hispánica- parece determinado a resolver sus cuitas, anclándose definitivamente a América del Norte, y su gran vecino está por la labor de que así sea (y es que el Tío Sam no es idiota, y está dispuesto a darle a México lo que no le va a dar nunca a nadie más). Agendas muy diferentes, por lo que se ve.

Por otra parte, ni las naciones iberoamericanas están dispuestas a ser una caja de resonancia que aumente varias veces el peso real de España en el mundo ni España está en condiciones de subirse a esos hombros –ni aunque ZP nos hiciera mañana el favor a todos de retirarse de la política para siempre-. Una de las razones por las que la comunidad iberoamericana no existe como tal es la falta de capacidad de nuestro país para liderarla. Carecemos del prestigio necesario.

España siempre deberá tener unas relaciones especiales con América, por historia y por cultura. Pero no se debe perder de vista la verdadera dimensión de nuestro país. De hecho, la situación actual puede calificarse ya de ajustada a esa dimensión. Al fin y al cabo, somos los segundos inversores mundiales en el área, a prudente distancia de los Estados Unidos. Y para nosotros, ser los segundos en algo es mucho, porque no lo somos en casi nada más.

España es, por encima de todo y ante todo, un país europeo. Y en ese contexto, hemos de contar, sobre todo, con nuestras propias fuerzas. Esa idea tan cursi de “ser la voz de Iberoamérica” o lo de “ser el puente” sólo es válido para Iberia y el aeropuerto de Barajas que, sí, son la llave del Atlántico Sur. Ni las naciones iberoamericanas –algunas ya más relevantes en muchos campos que la propia España- necesitan voceros ni, probablemente, Europa tiene un interés excesivo en América Central y del Sur. Dicho sea de paso, nuestros socios comunitarios cuidan de sus propios intereses, y lo hacen muy bien. Iberoamérica y su cercanía idiomática no son ni pueden ser sustitutos de carencias. Parece que nuestros empresarios lo van entendiendo, y saben ya que América no excluye a otras áreas como Asia o Europa del Este, no vinculadas con España por lazos históricos y ni falta que hace.

Nada de lo dicho implica, por supuesto, negar la comunidad cultural sustentada en una lengua compartida. Eso, aparte de una descomunal oportunidad de negocio –como, por cierto, ya han percibido los grandes grupos norteamericanos de comunicación, cuyos balances se formulan en inglés pero que están muy por la labor de entrar en el juego del español- es un valor importante que se debe preservar. Entre otras cosas porque nos interesa a todos, a nosotros y a ellos. Iberoamérica no tiene otra sustancia real que el español y el portugués –sobre todo el primero, por razones demográficas evidentes-. El tener una misma lengua del Río Grande (en realidad, desde la frontera del Canadá) hasta la Tierra del Fuego es un activo de primer orden. Afortunadamente, parece que todas las repúblicas americanas lo han percibido así –sólo la monarquía española parece por la labor de descolgarse-.

España tendría aquí, sí, un liderazgo que desempeñar (inciso: la Academia de la Lengua, tantas veces acusada de inmovilista, hace ya años que entendió que su destino era convertirse en la primus inter pares, por ser la más antigua, de todas las academias del español, magisterio unánimemente aceptado por quienes son ya más dueños del idioma que los propios españoles, y que está dando sensacionales frutos en forma de documentos y pronunciamientos conjuntos que tienden a asegurar una norma culta poderosamente unificada en ambas orillas del Atlántico). Además de que nuestra industria editorial puede contribuir a dar una dimensión mundial a los escritores de cualquiera de los países americanos, nuestro país, por su mayor desarrollo económico, puede convertirse en destino preferente –ya lo es, en realidad- de estudiantes e investigadores, que pueden desarrollar aquí parte de su tarea.

Pero todo eso, claro, exige que Moratinos vuelva a Palestina. A ser posible, peregrinando, que tardará más.

3 Comments:

  • Deberíamos estar agradecidos a Zapatero, al decir que su nación es la libertad nos ha ahorrado la visita de Castro, que no ha querido acercarse cuando se ha enterado.

    Nairu.

    By Anonymous Anónimo, at 10:00 p. m.  

  • Muy brevemente: obsérvese la flagrante contradiccción entre a) el exordio tonante e imprecatorio, seguido de la aseveración de inutilidad estructural de las cumbres por imposibilidad real de hacer de la comunidad iberoamericana una comunidad internacional de intereses en la que España tenga un papel relevante, y b) la segunda mitad donde se exponen con claridad los hechos y razones que avalan la existencia de esa comunidad de intereses y las evidencias de la necesidad de reforzarla y del papel singular que España ocupa en tal sistema. (Por cierto, tiene gracia que ahora sea un fracaso ahorrarse la plúmbea, empalagosa y moralmente tiznante presencia del barbudo; o tercermundismo rampante -en caso de que esa palabra-cáscara signifique algo reconocible- condenar un bloqueo/embargo ya condenado por el derecho internacional y por el más elemental sentido común: sin él, a Castro le habrían quedado dos telediarios hace mucho)

    By Anonymous Pepe, at 10:50 a. m.  

  • Amigo Pepe:

    Puede que yo me exprese mal, pero no creo que haya contradicción. La "comunidad iberoamericana" puede ser muchas cosas, pero una de las que, precisamente, no es, es la que parece que se quiere aparentar con las dichosas cumbres.

    Son mucho más eficaces los congresos de la lengua, dónde va a parar.

    La ausencia de Castro es un fracaso en la medida en que la puñetera cumbre parece tener como objetivo darle coba. Por lo demás, en efecto, lo de que no venga sólo puede ser una buena noticia, porque, amén de un cabrón, es un plasta.

    Bloqueo/embargo no. Embargo, a secas, y sólo por parte de los EEUU porque, como reconoce hasta Borrell, aquí todo dios ha comerciado con Cuba... lo que con Cuba puede comerciarse, claro. En lo de que el dichoso embargo, amén de inútil, puede haber sido contraproducente, podemos estar de acuerdo.

    Un abrazo.

    By Blogger FMH, at 11:41 a. m.  

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