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miércoles, octubre 12, 2005

DOCE DE OCTUBRE

Hoy es la Fiesta Nacional de España. Enhorabuena, pues, a todos los españoles. Es cierto que, en un país tan viejo, cada día trae su efeméride. Así, a bote pronto, cómo no citar el 6 de diciembre que es, quizá, el día más importante de nuestra historia reciente, pero también el 19 de marzo en que se aprobó aquella Pepa que, en los pocos períodos en que llegó a regir nuestros destinos, nos puso a la cabeza del constitucionalismo
Decimonónico o, por qué no, el 2 de mayo –hoy fiesta de la Comunidad de Madrid- en que el país vibró, llevado de un sentimiento en buena medida insensato, pero unido. Eso en la nómina gloriosa, pero también se pueden rememorar caídas y derrotas de las que quizá no se aprendió todo lo que se hubiera debido. Trafalgar es un ejemplo que vendría al pelo.

Pero es evidente que ninguna de esas fechas tiene el significado profundo del 12 de octubre. La fecha de inicio de la aventura americana y, por tanto, de la más importante aportación de España a la civilización. Nunca, por ejemplo, nuestros hermanos portugueses, ni tan siquiera en momentos de profunda crisis, ni en la mayor de las postraciones, han llegado a renegar de su epopeya, paralela a la nuestra y de la que se sienten legítimamente orgullosos. Si hay algo que nuestros escolares deberían verdaderamente aprender –amén de todo el Título Preliminar de la Carta Magna, más el principio de igualdad consagrado en el artículo 14- y en lo que deberían creer firmemente es en esto. Deberían ser conscientes de que son hijos de una nación que, como pocas en el mundo, contribuyó a que la civilización europea pudiera salir de su viejo solar, quizá para sobrevivir a Europa misma. Y que eso no es hace mejores que nadie, pero desde luego tampoco peores.

Ese ser mezquino e insignificante que, casualidades de la vida, ocupa hoy la segunda magistratura de nuestro estado –y, sí, al hablar de cierta gente, es bueno llamar al estado sólo eso, “estado”, con toda la frialdad funcionarial que el caso merece- apartaba de sí, no hace mucho, el cáliz del “españolismo”. Ese es, precisamente, el ejemplo a evitar. Ojalá los españoles fueran algo más españolistas, aunque el término haya devenido insulto (bueno, en ciertas zonas del país, hasta el propio gentilicio “español” es ya baldón de infamia, por lo que parece que los españoles ya llevamos la marca de nuestra bajeza inscrita en el DNI, ¿merece, pues, la pena perder el tiempo en luchar contra eso?). Porque es legítimo, porque no es verdad que querer con ponderación a nuestro país y sentir el orgullo de ser español nos iguale a la marea de oligofrénicos que cada día inundan las páginas de nuestros periódicos. Es sensato no querer parecerse a ellos ni a sus pares en otras latitudes y épocas, pero no es imprescindible, para eso, convertirse en un nihilista ni mantener una actitud vergonzante con respecto al propio ser.

Nadie tiene derecho a robarles a los españoles su patrimonio histórico, cultural y su orgullo. Hoy mismo lo afirma Benigno Pendás, y yo lo suscribo. Nadie tiene derecho a robar el derecho a ser español. Hayan sido cualesquiera que hayan sido las vicisitudes por las que ha atravesado, a la vista está que la historia de España, por ahora, acaba bien. Los españoles no tienen por qué asumir que nuestro país y su presente son una especie de monumental error histórico, una gran equivocación, sencillamente porque no es verdad. Se han cometido errores, seguro, pero se ha sabido remediarlos.

Perdimos muchos trenes, qué duda cabe, pero nos hemos aplicado para recuperar el tiempo perdido. Y tenemos muchas cosas de las que ocuparnos como para andar perdiendo el tiempo con bobadas. El examen de conciencia que hubiera que hacer ya se ha hecho. Si aún hoy hay quien siente que nuestra bandera es una ofensa –inciso: bien por el alcalde de La Coruña que ha hecho lo que no debería sorprender, pero no deja de ser meritorio, izar una enseña nacional en su ciudad- o que nuestra lengua le trae malos recuerdos, es ya estrictamente su problema.

Nuestra bandera, nuestras leyes, nuestra lengua, nuestra fiesta nacional... nuestros símbolos y tradiciones son tan válidos como los de cualquier otra nación, incluidas, por cierto, todas aquellas que carecen de estado. Ser español es tan bueno o tan malo como ser francés, danés o filipino, pero también como ser catalán, bretón o corso. A nadie se imponen y a nadie se le exigen profesiones de lealtad y fe –se pide, únicamente, que se respete la ley, pero no se requieren amores-. Tenemos todo el derecho a ello, como tenemos derecho a conmemorar, con toda legitimidad, aquello de lo que nos podemos sentir orgullosos. Por otra parte, miles y miles de españoles que, cada día, dan muestra de su capacidad de conciliar identidades sin ningún atisbo de esquizofrenia son la prueba evidente de que el proyecto es más que válido (impresión que, por cierto, se ve más que reforzada por tantos galeses-británicos, bretones-franceses o bávaros-alemanes que dan fe de lo mismo).

Nelson se yergue en lo alto de su columna y la flota de Su Majestad conmemora sus victorias con paradas navales en las que la corrección política apenas deja lugar al disimulo, la enseña tricolor de México ondea orgullosa en el Zócalo, una maravilla gótica, el monasterio de Batalha rememora los triunfos portugueses, las repúblicas americanas celebran abiertamente los días de sus independencias y el mapa de Europa es una sucesión de malos recuerdos españoles en forma de un sinnúmero de localidades en las que se vertió sangre y en las que hoy se conmemoran victorias y derrotas... ¿debemos los españoles de requerir a ingleses, mexicanos o portugueses mesura en sus manifestaciones? ¿hay que pedirles que arríen sus banderas o dejen de celebrar a sus héroes o sus vírgenes por no herir nuestras sensibilidades? En fin, ¿pide alguien que se moderen las estrofas de Els Segadors? ¿por qué tanta progresía cuyos oídos se ofenden con la sola mención del dolor y la muerte acepta, sin más, que rueden las cabezas castellanas?

Casi nadie nos entiende, esa es la verdad. Casi nadie entiende cómo y por qué somos el único gran país de Europa, y quizá del mundo, en el que los símbolos nacionales son sometidos a discusión y su exhibición produce azoramiento en algunos.

Pero esa discusión debe terminarse y esos algunos siempre pueden elegir salir al campo el 12 de octubre. Aunque nos llamen españolistas. Es más, incluso aunque nos llamen españoles.

3 Comments:

  • En Barcelona, los espanoles feten han celebrado un acto conmemorativo en el estadio Lluis Companys, con capacidad para sesenta mil personas. Han acudido unas 900 personas y, a pesar de que los organizadores habian pedido a los asistentes que dejaran las banderas con la gallina en casa, la querencia les ha podido y ha habido gran abundancia de banderas franquistas y saludos brazo en alto. Eso es el espanolismo en Cataluna.

    By Anonymous Anónimo, at 6:06 p. m.  

  • Mi querido amigo anónimo:

    Permítame decirle que aburren ustedes con la trampa recurrente de identificar el españolismo o el simple patriotismo español con la nostalgia del franquismo. Quizá con eso acomplejen a mucha gente, pero creo, sinceramente, que empieza a no dar mucho más de sí. No obstante, me tomo el tiempo de contestarle, ya que usted se ha tomado la molestia de leer mi post y comentarlo.

    Esos señores nostálgicos del régimen de Franco no se representan más que a sí mismos y muestran su querencia por una época afortunadamente pasada. La bandera que ondean -con el águila de San Juan, que ahora no hay problema en motejar de "gallina" (expresión que, por cierto, jamás se oyó por ciertos pagos en ciertas épocas en las que, más bien, los padres de los "patriotas" de hoy mostraban a voz en grito su adhesión inquebrantable)- sencillamente, no es la bandera nacional. Punto.

    ¿Debe identificarse el catalanismo con las hordas de animales que, amparados en la bandera republicana catalana -que, por cierto, tampoco es la enseña de Cataluña, que yo sepa- hicieron también de las suyas en otros barrios de Barcelona? ¿Son representantes del galleguismo más sano los tipos gritones que, bajo una pseudobandera gallega -hasta donde yo conozco, la albiceleste no lleva ninguna estrella de cinco puntas en rojo- abucheaban al alcalde de La Coruña por izar la bandera española en una ciudad que, de momento, lo sigue siendo y con gran gusto de sus habitantes, que hacen de ese alcalde el más votado de España (y, por cierto, en un paseo marítimo que, creo, ha sido reurbanizado con fondos del Estado)?

    El españolismo más sano existe en Cataluña, y a raudales, créame. Pero es que, además, aunque no existiera en absoluto, ¿es eso obstáculo para que yo abogue por que los españoles celebren su Fiesta Nacional sin complejos?

    Tan solo me dice usted que unos cuantos franquistas se juntaron en Monjuic. Lorenzo Milá dio puntualmente la noticia en TVE (fíjese usted, son 900 como dice -o sea, nada- pero, casualmente, merecieron hueco en el telediario de más audiencia de la cadena pública). Comprendo que el Sr. Milá trabajó ayer y por ello andaba fastidiado, pero quisiera saber si, desaparecida la mili obligatoria, alguien más se vio obligado ayer a algo.

    Y lo dejo aquí, porque este debate ya me parece bastante absurdo, dicho sea con todos los respetos.

    Reciba un cordial saludo.

    By Blogger FMH, at 8:52 a. m.  

  • vIva EspañA!!

    By Anonymous Anónimo, at 8:33 a. m.  

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