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jueves, junio 23, 2005

ACABEMOS CON LA GUERRA: NO HABLEMOS DE ELLA

Si por algo podrá ser recordada esta penosa legislatura que arrastramos, en el próximo futuro, es porque en ella la política española se alejó, quién sabe para cuánto tiempo, de la racionalidad, en buena medida merced a un discurso gubernamental que hace mucho que pasó la raya de lo impresentable. Fruslería, frivolidad, nadería y pura imbecilidad se mezclan en diversas proporciones para producir una catarata de estupideces que, más que estomagar, terminan ofendiendo.

El ministro de Defensa –antaño ministro de la guerra- dice que quiere modificar la Constitución para suprimir en ella la palabra “guerra”, precisamente. La guerra se menciona, por lo visto, tres veces a lo largo del texto constitucional. Al señor ministro no le agrada el léxico castrense, en general, ni tampoco la mención a los conflictos armados por el nombre que les ha caracterizado durante siglos: “guerra”. ¿Es posible que alguien pueda proferir semejante estupidez sin sonrojarse? Salvo soplapollas de toda índole, plumillas en busca de frases impactantes, nacionalistas vascos y cursis hasta la náusea, casi nadie pierde a sus hijos en un “conflicto armado”, sino en guerras. Y no mentarlas por su nombre no las hace menos horrorosas ni, desde luego, hace que dejen de existir. La extravagancia tiene gracia de vez en cuando, pero no como regla, como pauta de comportamiento. Valen los tintes demagógicos, que para algo en esta tierra somos dados a la exageración, pero no parece que la demagogia pura y dura pueda ser el único sostén del discurso de todo un ministro.

Peor es lo de su jefe de filas, que insiste con la dichosa cuestión de la palabra “nación”. Ya sabemos que él no considera que España sea una nación. Ya sabemos que a él España le importa una higa. Y de no ser porque él es el presidente de su Gobierno, diría que hasta es muy dueño. Ahora nos cita a la RAE y a Bobbio, por lo visto. Pues gracias por las citas eruditas. Si quiere, puede montar un seminario –con lista paritaria de ponentes- sobre la noción de nación y su evolución a la historia del pensamiento político. Pero es que él sabe que no hablamos de eso, sino del concepto de nación tal como se emplea en la Constitución española de 1978, que será el canon que tendrá que aplicarse para medir si la alusión que se haga al término en el estatuto de Cataluña, o en el de Villar del Arzobispo es o no válida. El insulto a la inteligencia, continuo, elevado a la categoría de principio programático.

Lo más grave de todo esto no es, sin embargo, que nuestro Gobierno sea un prodigio de estulticia y falta de higiene mental. Lo grave es que el personal confunda falta de claridad, o ausencia, de ideas con flexibilidad. Que aún haya quien encuentre que el muchacho este es simpático, precisamente, por no ser capaz de hacer, con rotundidad, ni siquiera las afirmaciones que van implícitas en su cargo. Si a mí me da todo igual no es, exactamente, que sea una persona tolerante, sino indolente, de la misma manera que no tener ni puñetera idea de lo que hablo me convierte en ignorante, y no en concienzudo seguidor del método cartesiano de la duda.

Es triste que, en un país como España, la octava potencia del mundo, un político pueda sobrevivir en la arena pública sin expresar jamás una sola idea, sin afirmar una sola convicción enraizada en un concepto coherente. Es triste, en definitiva, que los ciudadanos españoles reclamen, y obtengan, claro, tan poco respeto. A menudo, nos quejamos –bueno, nos quejamos algunos- de que nuestros políticos resultan patéticos en comparación con los de otras naciones. Pero es que eso es natural. No es ya que no se les exija un título de posgrado, que maldita la falta que hace, es que no se les exige, ni siquiera, que sean capaces de articular un discurso sensato.

Al final, grandezas o miserias de la democracia, según se mire, la culpa termina siendo nuestra. Rodríguez Zapatero es nuestra criatura. Es un reflejo de nuestra cultura política. Se dice, con frecuencia, que los políticos son mentirosos. No es verdad, o sólo lo es parcialmente. Es posible, o seguro, que mientan cuando hablan, sí, pero no es menos cierto que su desempeño, el conjunto de su actuación, el conjunto de su discurso, revela bastante bien qué son, cómo piensan y qué se puede esperar de ellos. No hubo engaño, pues.

El ministro de Defensa quiere suprimir la palabra “guerra” y el Presidente del Gobierno desconoce cuál es el valor jurídico-constitucional del término “nación”. El hecho de que ninguna de las dos cosas conduzcan a su descrédito dice tanto de ellos como del pueblo al que sirven, del que son prolongación. Es verdad que hay una ola de opinión en España que parece creer que las guerras se terminan no mentándolas o aludiendo a ellas a través de un eufemismo –cual si así no se despertara a Marte de su letargo, vaya usted a saber-, que cree que todos los conflictos concluyen con su simple negación o que la apelación continua al diálogo –entre civilizaciones o con bandas armadas- o, lisa y llanamente, al buen rollo, tiene poderes taumatúrgicos. Dios, qué panorama.

2 Comments:

  • Es la gran estrategia de la izquierda. Si no no podrían estar todavía aquí después de la experiencia soviética. Los hechos son reaccionarios, los cambiamos por las palabras y ya está. Además las palabras se dejan vaciar de su significado original y las llenamos del que nos convence.
    Así es como han conseguido engañar a la mitad de la población.
    A mi me lo explicó personalmente Carmen Cafarel, que fue mi profesora de Teoría de la Comunicación.

    By Anonymous john galt, at 12:10 p. m.  

  • Ojo al dato, acabo de leer en Periodista Digital que la Caffarel va a lanzar un canal temático en abierto solo para niños y adolescentes. Bien sabe ella que cuanto antes se empiece a descerebrar al personal mejor. Hay que enseñarles a los niños los verdaderos significados de las palabras.

    By Anonymous john galt, at 12:56 p. m.  

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