FERBLOG

jueves, febrero 17, 2005

A VUELTAS CON EL ESPAÑOL

El último libro divulgativo de Juan Ramón Lodares, interesante como todos los suyos, hace un agudo análisis de la situación de nuestra lengua –quiero decir el español- y sus perspectivas para el futuro. También contiene algunas propuestas audaces acerca de qué estrategia es mejor de cara al progreso del idioma en ámbitos como, por ejemplo, el de la Unión Europea.

La imagen que se desprende del ensayo de Lodares no puede ser más ilustrativa. De no ser porque no me gustan en exceso esos determinismos, me atrevería a decir que el español es hoy un trasunto de la propia España. Una lengua tan en la encrucijada como el propio país que le sirvió de solar –y que, por cierto, hoy es ya sólo el apéndice europeo de una lengua que Lodares y la estadística definen como fundamentalmente americana-.

En efecto, el español es un idioma que, desde muchos puntos de vista, debería tener un futuro prometedor. Quizá lo tenga. Es el único gran idioma de cultura cuyo propio dominio, es decir, el conjunto de los seres humanos que lo tienen como lengua materna, presenta unas tasas de crecimiento demográfico elevadas. Es decir, es la única lengua internacional capaz de nutrirse principalmente de sí misma. Es, además, pujante segunda lengua en dos grandes países del hemisferio occidental: Estados Unidos y el Brasil –país este último que está desarrollando una política educativa de lo más cabal en relación con los idiomas. Por si esto fuera poco, hay un interés creciente por nuestro idioma –insisto en que me refiero al español- en países tradicionalmente muy alejados de nuestra órbita, como pueden ser los asiáticos.

Es, por añadidura, un idioma atractivo y bastante fácil de aprender. En efecto, además de dar acceso a una de las literaturas más importantes del mundo –algo tendrá cuando sigue enganchando a tantos y tantos estudiosos que, un buen día, deciden hacerse hispanistas- y abrir las puertas a un montón de países fascinantes (sirve hasta para manejarse bastante bien en Bilbao y en Barcelona), su aprendizaje es muy agradecido. Sin contar la enorme facilidad con la que pueden abordarlo los hablantes de otros romances –un francés o un italiano cultos, por no decir un portugués, pueden leer español sin excesivas dificultades, aunque sean incapaces de hablarlo-, el padre latín nos dejó una gramática bien estructurada, que puede enseñarse, y nuestro sistema pentavocálico –el hecho de que el español sea un idioma fonéticamente sencillo, en general- permiten chapurrearlo enseguida, al menos para los nativos de otras lenguas europeas. Por otra parte, no es desdeñable el elevado nivel de normalización que, merced a que existen, entre otras cosas, las veintitrés academias, hace que la lengua sea razonablemente compacta y apenas presente fragmentación dialectal: aunque algunos editores de diccionarios, fundamentalmente anglosajones, se empeñen en decir que existe un español latinoamericano distinto del peninsular, lo cierto es que la norma culta (al menos hasta que Polanco decrete lo contrario) aprendida en una academia de Valladolid, o en el instituto Cervantes de Bangkok, sirve tanto para andar por Madrid como por México D.F., Quito o Buenos Aires. No garantiza, ciertamente, descifrar los gruñidos de nuestra cultivada juventud –supongo que lo mismo pasa con la bogotana, la santiaguesa o la bonaerense- pero es que eso sólo está al alcance de los iniciados. ¡Ah, se me olvidaba!, tenemos una ortografía que, aunque no esté al alcance, salvo adaptación curricular, de los homínidos producidos por la Logse ( y de muchos de sus enseñantes) y merezca el desdén de algún nobel, puede dominarse sin mucha dificultad. Compárese con el francés, sin ir más lejos.

Pero, por otro lado, las sombras también son muchas. El idioma tiene carencias, la fundamental de ellas no ser una lengua pujante en el mundo de la ciencia y de la técnica. Por otra parte, la competencia mundial entre las grandes lenguas es reñida, y hay otros excelentes candidatos en liza al selecto puesto de herramienta mundial de comunicación. Pero no tendría que haber aquí lugar a excesiva preocupación.

Lo verdaderamente preocupante es que en pocos sitios ha arraigado el virus de la imbecilidad humana tanto como en el orbe hispánico. Al hondo agilipollamiento que se vive en el viejo solar del castellano en materia lingüística (piénsese que podemos ofrecer al mundo, en breve y entre otros, un invento tan genuino como la fregona: el vasco monolingüe, algo que, en buena lógica, tendría que haber desaparecido con la alfabetización) viene a unirse, en América, la explosión de multiculturalismo indigenista. Creí que nadie podía ser más idiota que los españoles autoimponiéndose la grafía “Lleida” en textos en español, hasta que me entero por Lodares de que la municipalidad de Cuzco (para los de la Logse: en el Perú) pone multas de aúpa a quien escriba eso: “Cuzco”. Parece ser que los ortodoxo es escribir “Cusco” o “Qosgo” o así, es decir, como debería haberse escrito en época precolombina, en el supuesto, claro de que hubiera habido algo escrito en quechua.

Puesto que parece estar fuera de lugar que nos planteemos un mínimo de orgullo por la lengua como patrimonio cultural –se conoce que porque Franco no hablaba otra cosa, pero también el Che Guevara y la Pasionaria hablaban español, ¿eso no cuenta? (Cervantes incluso lo escribía, y no era franquista por razones evidentes)-, quizá fuera bueno que fuésemos capaces de entenderla como lo que es, entre otras cosas: una monumental fuente de ingresos, bien administrada. Mientras Cataluña y sus inteligentes políticos proscriben la lengua común –la que asumieron e hicieron suya hace más de quinientos años por la razón más noble de todas: para vender mejor- mandan a sus hijos a estudiar inglés... a Irlanda que, como todos sabemos, tiene otra lengua tan propia como el inglés, que es el irlandés. Si los irlandeses fueran como los vascos, la UE tendría un problema de traducción más... e Irlanda bastante PIB menos.

El español es un regalo del Cielo, sin duda. Y esto, quizá, es un desafío, uno más, del Señor a nuestro entendimiento. Bien dice el dicho que Dios da pañuelo a quien no tiene mocos. Por lo mismo, debe encontrar gracioso dar una lengua maravillosa –y altamente productiva- al pueblo más idiota de la tierra: a las huestes del Esdrújulo.