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viernes, febrero 17, 2006

¿ADIÓS AL ANGLOCENTRISMO?

En el British Council andan, por lo visto, muy preocupados por lo que parecen entender como el inicio del principio del fin del anglocentrismo en la enseñanza del inglés. Quizá no haya caído en la cuenta pero, si tiene usted más de veinte años, y ha estudiado inglés en España es harto probable que tenga muy arraigada la idea de que el mejor inglés se habla en Inglaterra, su concepto del buen inglés estará muy asociado al estándar de la BBC y casi seguro que sus materiales de estudio fueron producidos por editoriales de las Islas.

Nada hay de malo en ello, claro, salvo que, en realidad, esas concepciones dan una idea muy parcial de lo que es el inglés hoy en día. Me atrevería a decir, casi, que ni siquiera representan la realidad del inglés-inglés, aunque sólo sea porque pueden hallarse más variedades dialectales siguiendo el curso del Támesis que en todos los Estados Unidos (y el Támesis no es tan largo como el Misisipí).

Al cabo, los técnicos del instituto encargado de expandir la cultura británica por el mundo –y de custodiar la gigantesca industria de la enseñanza del idioma- se asustan al comprobar cosas como que el inglés se sigue valorando, sí, pero muchos empleadores por el mundo darían por bueno un inglés un poquito peor si viene acompañado de conocimientos de mandarín o de español, que son las dos grandes lenguas en expansión. Más aún, el pasmo es absoluto cuando, en ciertos países, empieza a preferirse a profesores no nativos –por ejemplo, se prefiere un belga a un galés para enseñar inglés en Polonia- y cuando se constata que, en reuniones internacionales, la gente está mucho más a sus anchas cuando no hay nativos de por medio; es decir, los hablantes de inglés como segunda lengua se entienden mejor entre ellos.

En realidad, asistimos a un fenómeno natural. La internacionalización del inglés como neoesperanto está dando lugar, progresivamente, a un idioma de nuevo cuño, un inglés fuertemente latinizado –el inglés internacional- y limado de muchas de sus asperezas gramaticales. Un inglés en los huesos. La riqueza de la lengua nativa –que, ya digo, tampoco es algo plano y uniforme, sino la suma de infinidad de variantes- es inaccesible, por tanto, a los hablantes que, por otro lado, no tienen mayor interés en ella. El nativo se convierte, pues, en hablante de una especie de dialecto trufado de modismos, formas, giros... que no aportan nada a la lengua como simple herramienta de comunicación. Se acabó el anglocentrismo. Adiós a la asociación mental entre inglés, lluvia, Big Ben, señor con bombín y el mundialmente famoso Francis Mathews. Inglés ya no va a ser sinónimo de fish and chips. Inglés ya no será, de por sí, sinónimo de nada.

Útil, sin duda, pero triste. Triste para los que amamos las lenguas al natural. Una lengua es un trabajo para toda la vida. Un organismo pleno de riquezas, que cada día muestra un camino nuevo. El inglés no merece ser reducido a mil palabras y despojado de sus atributos más característicos. Pobre inglés. A mí me da pena, la verdad. Supongo que cientos de miles de estudiantes obligados a pasar por las horcas caudinas del “imprescindible buen nivel” estarán pensando todo lo contrario.

Ahora bien, ahí tienen ustedes la prueba de que no siempre con una lengua viaja una cultura. Es posible que ambas cosas vayan separadas. Es posible disponer de un correcto vehículo de comunicación para tratar con clientes, en el que no se pueda contar chistes, ni hacer juegos de palabras, ni declaraciones amorosas. Se podrán leer folletos y carteles, mas no periódicos ni libros. En suma, se puede reducir una lengua a un código mínimo, apto para las necesidades propias de una segunda lengua en la que, al fin y al cabo, tampoco se pretende seducir a la vecina de enfrente.

En la arcadia soñada de algunos, ése es el papel que le corresponde al español. Cuando algún consejero autonómico dice que los estudiantes de su comunidad, al terminar la secundaria “dominarán las dos lenguas” (el español y la regional) quiere decir que serán capaces, en ambas, de pedir un vaso de agua. Puede, incluso, que puedan despacharse con una perorata en una presentación de dos horas, con vocabulario preciso y finura gramatical. Pero da mucha tristeza oír a esos estudiantes inmersos en sus lenguas vehiculares (se llama así, ¿no?, “inmersión lingüística” y “lengua vehicular”) hablar un español hueco, carente de alma.

No, no me refiero a un español con acento particular, o cuajado de regionalismos. No al español de México, ni al de Barcelona, ni al de Sevilla ni al de Puerto Rico... sino al español de ninguna parte. A la simple traducción –más o menos elegante- de la construcción equivalente en otra lengua diferente. Adiós al doble sentido, adiós a las cabriolas semánticas, adiós a las frases hechas que sólo son comprensibles si se conoce un determinado trasfondo cultural.

En fin, supongo que, en el currículo, los conocimientos de inglés ya no se pondrán en el apartado “idiomas”. Un idioma es otra cosa. Puesto que de códigos hablamos, “inglés internacional y conocimiento de aplicaciones informáticas” iría mejor.

1 Comments:

  • Por mi parte estoy encantado con el inglés internacional. Es verdad que es más fácil de entender que el practicado por los nativos. Además está desnacionalizado, a lo que aspiró el Esparanto. Todo buenas noticias y sin una sola ley estatal.

    Coase,

    By Blogger Sirajoyfueraliberal, at 8:51 p. m.  

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