FERBLOG

jueves, julio 07, 2005

LONDRES

Cuando escribo estas líneas, aún no hay certeza, ni siquiera aproximada, sobre el número de muertos y heridos que han dejado las bombas en Londres. Es igual. Tenemos la seguridad de que serán muchos.

Cualquiera que conozca, además, esa fascinante metrópoli, esa especie de cruce de caminos del mundo que es la maravillosa capital del Reino Unido y su sistema de transporte podrá hacerse una idea del caos que debe presidir ahora sus calles, y de la aventura que, para mucha gente que acudió por la mañana a su trabajo, va a ser volver a su casa.

Para quienes, además, hemos vivido en carne propia algo similar en fecha reciente, las imágenes no pueden ser más evocadoras.

Ahora toca mantener un discreto silencio, y muchos se unirán al duelo. No habrá voces discordantes. Por el momento.

Es curioso. En mis viajes a aquella ciudad suelo entrar por el mastodóntico aeropuerto de Heathrow –que tiene ya su quinta terminal en avanzado estado de construcción-. Soy, además, de los que se pasan el rato pegados a la ventanilla. Pues bien, para amenizar los largos tránsitos por las pistas suelo fijarme en los pabellones de los aviones aparcados. Los hay de todos los rincones del mundo. De hecho, conviene viajar allí, de vez en cuando, para ver qué significa “multinacionalidad”. De ese aeropuerto salen, continuamente, vuelos a todos los rincones del planeta. Cualquiera sabe que esa primera impresión se ve corroborada en las calles. Londres, el gran Londres, es un crisol de razas, lenguas, acentos, colores de piel... Así ha sido siempre. Por eso ha sido y es, junto con Nueva York, la ciudad anglosajona por excelencia o, lo que es lo mismo, el escaparate de la sociedad abierta.

Londres sí es el gran teatro del mundo. Allí quieren ir todos. Allí el sistema occidental –ya digo, con la Gran Manzana como único par- despliega todos sus rostros. Sus defectos, sí –todo es excesivo, todo es enorme- pero también sus inmensas virtudes. Su inmensa capacidad para llevar al ser humano al punto más alto de su desarrollo.

Londres, Inglaterra es, además, un icono para los liberales. Tanto que, a veces, hay que admitirlo, pierde esencia de país real. Inglaterra, como Atenas, más que un ente geográfico realmente existente es algo imaginado. La democracia tiene su mitología y su liturgia. Su lenguaje simbólico. Ojalá, algún día, en algún rincón del mundo, la sede de una institución política española pudiera transmitir las mismas sensaciones, el mismo estremecimiento que la visión del Parlamento de Westminster. Ojalá una institución civil pudiera llegar a ser la mitad de evocadora. Londres es, perdóneseme la cursilería, la Roma liberal.

Y porque todo eso es así, porque Londres representa tanto para tanta gente, porque el Big Ben, el Journey Planner, los Royal House Guards o el Puente de la Torre son imágenes reconocibles de inmediato en cualquier lugar del planeta, por todo eso –y sólo por eso- sabíamos que lo de hoy tenía que suceder. La duda era cuando.

Recuerden lo que les digo, porque, en unos días, se despejará la solidaridad que parte de las mismas entrañas –la nacida de la visión de los cuerpos desmembrados y del temblor de piernas que produce la sensación de que podría sucederle a cualquiera- y volverán los buscadores de causas, los buscadores de explicaciones, los que creen que el terrorismo “se debe rechazar, pero es necesario entenderlo”.

Volverán a cagarse en el santo nombre de la paz. Propondrán retiradas y claudicaciones revestidas de juiciosos movimientos estratégicos. Alternativas y terceras vías. Equidistancias y repartos de culpas. “Diálogo con todos, sin exclusiones”.

Habrá, en fin, quienes con el corazón emponzoñado crean que Londres, que el Reino Unido, se lo merecía –algunos ni se atreverán a confesárselo a sí mismos, pero así piensan-.

Si algo me tranquiliza, desde luego, es que no tengo la menor duda de que el espíritu de esa gran nación no va a ser doblegado. Les odian... y reventarán odiándoles, seguro.