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miércoles, mayo 25, 2005

Y MÁS SOBRE EL FEDERALISMO

Tal como apuntaba anteayer, bastó que Montilla declarara lo que declaró sobre el estado federal para que Simancas le saliera al paso, recordando que España es, hoy por hoy, la única nación constitucionalizada. Desde Castilla-La Mancha llegan, sin embargo, voces menos críticas. En fin, una ceremonia de la confusión.

No se trata, por supuesto, de que todo el mundo tenga que opinar igual por el mero hecho de militar en el Partido Socialista o en cualquier otro, pero sí sería muy de agradecer el poder distinguir la línea oficial –si es que existe- de las opiniones personales y, sobre todo, que el debate se llevara con un mínimo de transparencia.

Porque es ésta, no nos engañemos, la gran cuestión de la legislatura. Quizá es la gran cuestión abierta de la democracia española: aquello en lo que nuestro sistema ha funcionado peor. Hemos progresado mucho en muchos aspectos, pero hemos cometido tremendos errores, el más grave de los cuales no haber hecho una pedagogía suficiente, el no haber contribuido a madurar una sociedad civil capaz de defenderse del embate nacionalista. Y, claro, eso lo saben todos los que tienen que saberlo y los que son conscientes de la extrema debilidad –en todos los sentidos de la palabra- del Gobierno del 14M. Insisto, éste es el tema. Ni siquiera el asunto del fin del terrorismo puede desligarse de él, porque son cuestiones indisociables (y si no, ahí está la invitación: “si dejáis las armas, hablaremos del País Vasco con vuestros adláteres”; esta es la oferta, no otra). El “modelo Aznar” incluía, como ingrediente necesario para la derrota del terrorismo, un refuerzo significativo del estado democrático. La certeza de que nunca, por ningún medio violento, se llegaría a forzar la estructura de nuestro país.

Decía, pues, que el debate sobre la federalización está sobre la mesa, por imperativo de Cebrián, Maragall y compañía. Quienes son maestros en el arte de hacer de la necesidad virtud aducen que, al fin y al cabo, a este estado le viene bien un cierre, que no se puede andar con la inestabilidad congénita del Título VIII. Así pues, abra quien abra el debate, bienvenido sea. Y dicho así, siente uno la tentación de decir, ¿por qué no?

En primer lugar, hay una cuestión de oportunidad. Y no cabe la menor duda de que el sistema no ha madurado tiempo suficiente para proceder a su reforma, por una parte, y de que, de nuevo, el terrorismo es un factor que se debe tener en cuenta. Si hay discusión, ETA quiere participar, eso seguro. En general, y por otra parte, uno no debe acercarse a reformas de este calado con aire de experimentador, a ver qué sale. Es muy necesario disponer de un plan de acción del que hoy nadie dispone, que se sepa (al menos, hasta que el presidente salga a cenar de nuevo con sus amigos, lo que no creo que suceda con toda la frecuencia que él quisiera, por sus obligaciones).

Por otra parte, y siendo muy cierto que necesitamos, de una vez por todas, cerrar el modelo el 78.¿Quién ha dicho que ese cierre y la federalización de España hayan de ir indisolublemente unidas? La cuestión del reparto competencial –o sea, qué hace cada uno de los niveles- quedó abierta en el Título VIII, existiendo, además, mecanismos de transferencia de competencias que son una invitación permanente a la presión por parte de las comunidades autónomas. Si unimos a esto un sistema de financiación que se renegocia día sí, día también, tenemos los ingredientes para este sinvivir que nos acompaña desde hace años, esta vorágine de cambio permanente. Nadie discute, pues, que es conveniente dejar, de una vez por todas, las cosas claras.

Pero esta cuestión –técnica, en definitiva- no lleva de suyo una redefinición del estado en términos radicales. Insisto en que hay que recordar que el Estado Español es ya, probablemente, algo más que federal en el terreno práctico, pero no lo es, ni mucho menos, en el terreno conceptual, que aquí importa, y mucho. El estado es complejo, no compuesto, como decía, una vez más, no hace mucho Jiménez de Parga.

Por último, a mí me parece enormemente ingenuo pensar que “esta vez sí” o que los nacionalistas no van ya a tener excusa. El nacionalismo no ha hecho ningún mérito especial para que se le conceda esa oportunidad –en todo hay grados, eso es cierto-. No ha habido, hasta la fecha, ni un ápice de lealtad. El rango de actitudes se ha extendido de la desobediencia y el fraude al acatamiento más o menos complaciente, pero eludiendo siempre el compromiso. No hay ninguna prueba de que ahora fuese a ser distinto. Lo siento, será que el gato escaldado del agua fría huye, pero la contumacia en el error no parece un camino aconsejable.

En otro orden de cosas, mi amigo Pepe, representante involuntario de la izquierda entre los comentaristas a este blog y, por tanto, fuente inagotable de inspiración (gracias por ambas cosas) me llama la atención sobre lo sorprendente que es que en España, prácticamente, no haya abogados del centralismo (mal llamados, en efecto, jacobinos) y los que hay, a su juicio, son más bien españolistas rancios, es decir contranacionalistas o nacionalistas a secas.

A mí, de entrada, lo del contranacionalismo me parece una cosa muy sana, sobre todo en algún caso. Como el nacionalismo realmente existente no es el español, precisamente, es fácil que en España un antinacionalista termine siendo confundido con un españolista furibundo, así que tampoco hay que asustarse en exceso.

Por otra parte, es cierto que la presión mediática y de la corrección política ha convertido en un pecado mortal el que se dude de que vivimos en el mejor de los mundos, políticamente hablando. Se expone al anatema cualquiera que piense que lo de “profundizar en el estado autonómico” es un error, y no digamos ya quien, en coyuntura constituyente, quisiera proponer –lo cual es muy legítimo-, un recorte en lo que hay. Corren por ahí afirmaciones sin excesivo fundamento –cuando no abiertamente falsas- como esa de que “mejor cuanto más autogobierno” (dicho como regla máxima de aplicación permanente) o “el estado autonómico ha sido un éxito”. Creo que, sobre todo desde un punto de vista liberal, es muy legítimo dudar de ambas cosas y de muchas más.

Naturalmente, no es de recibo decir que el sistema ha sido un fracaso sin paliativos, porque todo admite matices, pero el estado autonómico es caro, ha sido manifiestamente ineficaz a la hora de solucionar los problemas para los que se creó y ha creado unas elites políticas intermedias igualmente prepotentes que las nacionales, pero menos transparentes, más corruptas y con menos nivel de alternancia. ¿Por qué hemos de creer, pues, que las cosas mejorarían dando más poder, todavía, a esas elites?

Me resulta muy paradójico, por otra parte, que quienes desdeñan la tradición como fuente de legitimación sean, sin embargo, tan adoradores de la “España plural”, hecho social e histórico que justificaría, por sí mismo, la existencia de un estado complejo. Son, en esencia, los mismos argumentos que se opusieron, en su día a los codificadores civiles, impidiendo que el Código hiciera tabla rasa de los derechos forales (casi todos ellos perpetuadores de estructuras de dominación, arcaicas y poco potenciadoras de la libertad personal y de mercado).

En fin, que el liberalismo sigue donde estaba, lo que ha cambiado, sorprendentemente, es la tropa que sitia Bilbao.

1 Comments:

  • A mí también me parece muy sano el contranacionalismo o el antinacionalismo, y precisamente por ello me cuesta salir de mi asombro cuando oigo a alguien levantar mucho la nariz ante el folclorismo paranoico-crítico de Sabino Arana para, acto seguido, proclamar entre fanfarrias que España es "la nación más antigua de Europa" y remontar su rastro hasta Atapuerca o más allá. Como aquel diputado de la derecha –creo que el inefable Martínez Pujalte, pero no estoy seguro y no me gusta levantar falsos testimonios, ni siquiera a quienes se los merecen– que, preguntado en qué consistía, a su juicio, el patriotismo constitucional, respondió que en "estar orgulloso de ser español", conclusión que alguien de FAES debería trasladar con urgencia al bueno de Habermas, que es que no se entera. Ese tipo de contranacionalismos me parecen sospechosamente hemipléjicos y no son más que viajes de corto recorrido entre la sartén y el cazo.

    Me interesa tu apreciación sobre el fracaso de la construcción en España de "una sociedad civil capaz de defenderse del embate nacionalista". Creo que adolece de cierta falta de perspectiva histórica. Hasta mediados los años ochenta resultaba difícil percibir a los nacionalismos periféricos como un problema de primer orden para la construcción de la razón democrática en España. Había entonces enemigos mucho más inmediatos y peligrosos. Tampoco la falta de compromiso de esos nacionalismos con el sistema estaba tan generalizada como tú dices. Que Convergencia no sea santo de tu devoción ni de la mía no empece el hecho indiscutible de que Miquel Roca fue ponente constitucional ni el de que la fuerza hegemónica del nacionalismo catalán apoyó sin reservas la Constitución del 78. Nunca sabremos qué habría hecho el PNV si se le hubiera incorporado también a la ponencia. Aún vivían dirigentes históricos de peso como Juan de Ajuriaguerra cuyo discurso era bien distinto al ahora dominante en su partido. Incluso el Arzallus diputado en las constituyentes mantenía posiciones que ahora resultarían increibles.

    Los efectos negativos que señalas del sistema autonómico son ciertos, pero no son los únicos. También ha generado una dinámica de reequilibrio territorial que ha beneficiado sobre todo a las comunidades tradicionalmente más atrasadas. Esa es una de las razones subyacentes, aunque no expresas, de la inquietud catalana por el sistema de financiación. El avance por las vías federalizantes bien podría reforzar esa dinámica, lo que, a la larga, terminaría por hacer evidente la esterilidad práctica del discurso nacionalista. La razón principal del progreso del nacionalismo en Cataluña, País Vasco y Galicia radica en que, hasta ahora, su afianzamiento ha sido útil para el fortalecimiento relativo de los intereses generales de sus territorios en el sistema español. Pero las cosas están cambiando. En la medida en que sea perceptible que el nacionalismo puede pasar de ser una prima a ser un lastre, una de dos, o éste revisa su discurso o se verá abocado a la decadencia. En principio, firmo cualquiera de las dos hipótesis.

    No creo que la cuestión sea convertir explícitamente a España en un estado federal, sino explotar la veta federalizante del modelo constitucional. Un poco al modo británico que tú exponías hace poco en relación a la construcción europea: que la realidad práctica vaya conformando el modelo dentro de los cauces establecidos, sin necesidad de empantanarse en nominalismos. De hecho, así se hizo aquí la transición del franquismo a la democracia y no nos ha ido del todo mal.

    Las posiciones centralistas de la derecha están grave y doblemente lastradas. Por una parte, no se atreven a manifestarse expresamente como tales, como si no fueran legítiman y, además, útiles para el debate; al cabo –al menos esa es mi posición–, no se trata de una cuestión de principio, sino estrictamente funcional y contingente: no creo que un estado federal sea mejor o peor en sí mismo que uno centralizado. Por otra parte, está latente en ellas el temor de que, sin altas dosis de coerción, el triunfo del nacionalismo será inevitable. "Dime de qué presumes y te diré de que careces", reza un sabio refrán castellano. Pues bien, la continua apelación a la fortaleza y las acusaciones rituales de debilidad hacia el gobierno de Zapatero evuelven en realidad un discurso básicamente inseguro, patológicamente acomplejado, como aquél tan frecuente durante el franquismo que repetía machaconamente que los españoles no funcionaban sin mano dura, que el nuestro no era un país maduro para la democracia.

    Guillermo Cabrera Infante contaba una divertida historia de Gibara, su lugar natal en el Oriente cubano. Cuando en el pueblo se extendía la sospecha de que alguien se había vuelto loco lo llevaban a casa del herrero, le ponían los huevos sobre el yunque –se ve que se daba por supuesta la sensatez constitutiva de las mujeres– y el martillo en la mano. Si no procedía a machacarse los huevos concluían que no estaba loco. Pues bien, no veo yo a mis conciudadanos por la labor de destrozarse sus propios huevos, con lo que eso duele.

    Es cierto que la cosa cambia cuando además de ponerte el martillo en la mano te colocan una pistola en la sien, como pasa en el País Vasco, y que una cosa y otra están relacionadas; pero no me extenderé más por hoy, que quiero ver si los de Anfield le mojan la oreja a Berlusconi. En resumen, hoy por hoy creo que un panorama "federalizado" sería un terreno mucho más propicio para mostrar que el nacionalismo, como el rey del cuento, está desnudo.

    By Anonymous Pepe, at 8:33 p. m.  

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