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sábado, mayo 28, 2005

¿SEÑALES DE VUELTA (O DE HARTAZGO)?

Algo se mueve en Cataluña. Al parecer, algunos militantes del PSC se habrían dirigido a la cúpula del PSOE para denunciar que, en el colmo de la economía, sus altos cargos ha renunciado a la “E”, a la “O” y, posiblemente, incluso a la “S”. Vamos, que se han convertido en nacionalistas puros y duros. Y, claro, no termina el personal de entender qué demonios hacen ellos poniendo los votos para que, al cabo, la cosa termine siendo igual, o peor, que cuando gobernaba CiU, desde muchos puntos de vista.

Cabe decir, desde luego, que la militancia socialista ha tardado en darse cuenta de cuál es le guión real de esta película. Y es que no deja de ser paradójico que el voto de izquierda, inmigrante y, si no españolista, sí muy español haya terminado por aupar a la presidencia de la Generalitat a un niño bien de barrio alto y a sus muy catalanistas amigos. En realidad, no deja de ser una extensión y una particularización de un fenómeno más general por el que mucho voto con conciencia social o de clase sirve para que un montón de progres que, desde luego, no pertenecen al mismo estrato que sus votantes hagan carrera.

En Cataluña, además, la cosa es especialmente sangrante, en efecto, porque el votado se dedica a “hacer país”, procurando construir un “país” en el que el que le vota no cabe o, de caber, sería muy de perfil y sin hacer ruido. Tiene guasa que uno emigre de Jaén a L’Hospitalet, por ejemplo, y se pase la vida trabajando allí para que le terminen considerando un elemento extraño, anómalo y renuente a aceptar la “normalidad” que caracteriza a “su país de acogida” –de hecho, es posible que los parientes que se quedaron en Jaén sigan pensando que, simplemente, su primo se marchó a Barcelona, no a una especie de Alemania-.

La denuncia de los militantes del PSC viene a coincidir con el manifiesto que gente como Albert Boadella –al que le cabe el honor de haber sido perseguido por la dictadura... y por la democracia- firmaba esta semana, denunciando la insoportable uniformización a la que los sucesivos gobiernos catalanes han intentado someter a Cataluña. Coincide la noticia con la de que el gobierno de la Generalitat se niega a enviar a la feria de Francfort a escritores que no escriban, precisamente, en catalán. O sea, que Juan Marsé o el propio Boadella no son representativos de la cultura catalana, porque se expresan en castellano, lengua que, amén de ser conocida por casi todos los catalanes, es la propia de la mitad de ellos, aproximadamente.

El manifiesto denuncia lo que, a estas alturas, es bastante evidente: que el nacionalismo es empobrecedor. Es empobrecedor, sin duda, cultural y socialmente, toda vez que aspira a castrar a la mitad del cuerpo social sobre el que actúa pero es que, a la larga, es también empobrecedor económicamente, como se demuestra por los datos que se van conociendo, nada halagüeños para Cataluña y no digamos para el País Vasco –única región española cuya población no aumenta, sino que disminuye-. El chorreo de victimismo con el que el nacionalismo recibe estos datos no es en absoluto convincente, la verdad.

Es muy de suponer que los denunciantes tengan poco éxito. Más bien, se les va a echar encima una riada de políticamente correctos que les dirá desde que están exagerando la nota hasta que ven visiones. Tampoco el momento es muy oportuno para reclamar la atención de las instancias de Madrid, que andan a partir un piñón con cuanto totalitario anda por el mundo. Aquí lo que está mal visto ahora es ser del PP, pero no ser racista.

Hoy mismo recuerda García de Cortázar la extraña manera que tienen los nacionalismos de concebir la dichosa “España plural”. Para ellos, el nuestro no es un país heterogéneo, sino un conjunto de homogeneidades yuxtapuestas. Así, España en su conjunto es plural, pero Cataluña no. Cataluña es tan monolítica que, de hecho, la guerra civil española allí no fue tal, sino que fueron todos los demás los que agredieron a los catalanes que, como una piña, eran adscribibles a un solo bando, todos.

Otro tanto ocurre con Euskadi. Sólo hay que ver los resultados de las elecciones para caer en la cuenta de que el País Vasco es tal prodigio de homogeneidad que es del todo lícito hablar por él con una sola voz.

Y es que no hay más que verlo. Es tal la insignificancia del castellano en Cataluña, por ejemplo, su anormalidad, que no hay más remedio que considerar a los que lo emplean como auténticos resistentes, elementos discordes que, por su reducido número, deberían modificar sus posiciones para que fueran concordes con la dinámica mayoritaria. Es posible, incluso, que buena parte de los ejemplares que vende La Vanguardia los adquieran agentes del CNI.

Pues mira tú por donde, los votantes parece que van cayendo en la cuenta. Aquí todo el mundo habla de estatutos y más estatutos pero, ¿y el paro?, ¿y las infraestructuras?, ¿y la educación?, ¿y la sanidad?, se pregunta, mosqueado, el votante. Le contestarán, claro, que el estatuto es para eso, para que haya menos paro, más infraestructuras, mejor educación y mejor sanidad. Pero igual al votante le sigue dando por hacerse preguntas, y se pregunta si es que el estatuto actual no daba más de sí o, incluso, qué tiene que ver que Cataluña sea o no una nación para todo lo anterior.

Porque algún día, también, el votante puede caer en la cuenta de que cuando los que queman contenedores están en la cárcel, los contenedores no arden solos. Cuando algunos están en el trullo o no tienen dinero, “el conflicto” se calma como por ensalmo. O de que no recuerda que hubiera tal nivel de tensión antes de que el Carod Rovira de turno empezara a repetir cien veces al día que la hay.

Un buen día, el votante puede darse cuenta de que le han servido un menú que él no ha pedido.

Algún día, en fin, es posible que la gente decida terminar con las posibilidades que tienen muchos para vivir del cuento.

1 Comments:

  • Ojalá fuera como tú dices, pero va a ser que no.

    By Anonymous Anónimo, at 7:16 p. m.  

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